Foto: Reuters.

Lesbos se ha convertido en el primer refugio desesperado de los que luchan por la vida. 12.000 trabajadores errantes que deambulan en una gran isla para pasar al continente, quieren vivir, trabajar. Ya no les queda nada a lo que aferrarse excepto el refugio de todo ser humano desde hace siglos, la dignidad. Lesbos cambió su amor, ahora es una isla salvavidas a la que agarrarse para cruzar el mar.

El incendio del 9 de septiembre arrasó por completo el campo de Moria, el campo de refugiados más grande de Europa. Las concertinas separaban la miseria de la vida. Un plástico era su techo, el barro su asfalto y unos palets los tabiques. Era tal la pobredumbre que una tienda de campaña barata del Decathlon hubiera sido un lujo. Su rutina diaria eran largas colas durante horas como único quehacer para poder conseguir agua o simplemente ir al baño. Había de todo, médicos, limpiadoras, obreros, fontaneros, todo tipo de oficios juntos y unidos por algo en común, pobreza compartida y la esperanza de llegar a Europa. Ahora esos miles de refugiados caminan sin rumbo fijo buscando poder vivir tras el incendio. La desolación malvive en calles, carreteras o bajo cualquier trozo de hormigón. Cuando has perdido tu “hogar” de plástico, documentación y recuerdos, el parking del Lidle o una tubería de hormigón puede parecer un refugio digno, aunque sea para simular que no pierdes la condición humana. Sólo les queda esperar a que la Vieja Europa actúe en lo que ya se puede catalogar como la mayor crisis de refugiados desde el final de la 2GM.

En Moria el gobierno heleno se saltó los protocolos destinados a frenar la transmisión de la pandemia. Eso creó las condiciones para los brotes de COVID-19 entre los refugiados. Brotes que también se dieron en las poblaciones griegas limítrofes, brotes racistas en este caso. El gobierno griego intentó tapar la realidad con el fuego y planteó su solución, un nuevo perímetro de concertinas. Un nuevo techo de plástico. Ahora tiendas con el logo de ACNUR en Kara Tepé.

En 2016 la UE firmó un acuerdo con Turquía conocido como “un sirio sí, un sirio no”. Su ayuda se limitaba a cambiar refugiados sirios como si fueran ropa. Por cada sirio que se acogía, un sirio volvía a Turquía. El apoyo a las guerras en Siria, Irak, Afganistán, Líbia…, y esta política migratoria son el hilo conductor que cose este drama. Las cenizas del campo de Moria y su sustituto, el de Kara Tepé, no son una vergüenza para la UE, son su verdadera cara.

El Mare Nostrum es un cementerio. Las entrañas de este milenario mar, antes guardaban cultura, historia, cerámicas, pecios. Ahora engullen lanchas, escupen cuerpos humanos, madres, hermanos e hijas. Cada espumosa ola ha hecho temblar a esas 856.723 personas que desde 2015 han sufrido su odisea personal para cruzarlo. Más de 1000 refugiados murieron en el 2019 y más de 15.000 desde hace 6 años. El baile de cifras es lo de menos, solo cuantifica lo evidente. Al Mare Nostrum ya lo podemos resignificar como Mare Mortum.

Los refugiados deben ser liberados, gozar de un trato y asilo digno. El “aquí no cabéis” es una excusa y no un argumento. En la lógica de los explotadores tiene sentido tratar a cualquier trabajador como simple mano de obra, desechable cuando no encaja en sus necesidades y cálculos económicos. En la lógica de nuestra clase, no.

Tener de nuevo campos de concentración para refugiados es una aberración ante la que no cabe justificación, ni mal menor, ni rodeos, ni cálculos políticos de ningún tipo.

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