«Ojalá no viva nunca la agonía de ver cómo le roban su país; ojalá no sienta nunca el dolor de vivir en cautiverio bajo una ocupación; ojalá no sea testigo nunca de la demolición de su casa o el asesinato de sus seres queridos. Ojalá no le vendan nunca sus ‘amigos’.» (Hanan Ashrawi, Organización para la Liberación de Palestina).

El pasado mes de enero, tras tres años de demora, Donald Trump presentó su plan para la paz en Oriente Medio. El momento responde a las necesidades electorales, pero lo más significativo fue el acompañamiento: Benjamín Netanyahu, primer ministro interino de Israel. La ausencia de Palestina, a la que ni siquiera se invitó, escenifica perfectamente el contenido del plan: tras décadas en que Washington respaldaba de hecho el anexionismo israelí, pero trataba de aparecer como mediador neutral públicamente, se caen definitivamente todas las máscaras. Estados Unidos apoya el expansionismo de Israel, punto.

A pesar de que las resoluciones de Naciones Unidas 194 y 242 obligan a la creación de un Estado Palestino independiente en las fronteras de 1967, con capital en Jerusalén Este, el plan de Trump no solo reconoce la anexión israelí de buena parte del territorio palestino en Cisjordania, sino que da soberanía israelí a los numerosos asentamientos que este país ha edificado en Palestina, en violación de las leyes internacionales. Los asentamientos estarían interconectados por una serie de corredores bajo control israelí que dividirían el territorio palestino en numerosas zonas aisladas. Toda la frontera entre Cisjordania y Jordania quedaría en manos israelíes, haciendo que cualquier hipotético Estado Palestino fuese una mera entelequia, rodeado por territorio enemigo.

El plan también otorga a Israel la soberanía de los Altos del Golán, territorio perteneciente a Siria, así como el Valle del Jordán, que hace posible el control sobre el agua de la zona, imprescindible en un clima tan árido. A Palestina se le ofrece el vago horizonte de un Estado propio (Netanyahu lo matizó diciendo “un camino hacia…”) e Israel congela durante 4 años la construcción de nuevos asentamientos fuera de las zonas que el plan de Trump le otorga. Es el tiempo que dan a Palestina para someterse al mismo.
Netanyahu, extasiado ante esta perspectiva, declaró: «Durante demasiado tiempo, el corazón de la tierra de Israel -donde nuestros patriotas oraron, nuestros profetas predicaron y nuestros reyes gobernaron- ha portado la ultrajante etiqueta de territorio ocupado ilegalmente. Bueno, el día de hoy, señor presidente, usted está terminando con esta gran mentira.»

Lo cierto es que a pocos puede sorprenderles este plan, viendo los pasos anteriores de la administración Trump. En diciembre de 2017, Estados Unidos reconoció Jerusalén como capital indivisible de Israel, únicamente. En mayo de 2018, la embajada norteamericana se trasladó allí. Tres meses después, bloquearon las donaciones a la UNRWA, agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos. En septiembre de ese mismo año, el gobierno estadounidense cerró la embajada de facto de Palestina en Washington. Ese mismo día, Trump amenazó a la Corte Penal Internacional si juzgaban crímenes de guerra israelíes. En enero de 2019, Israel y Estados Unidos abandonaron la UNESCO por su “sesgo contra Israel” y en marzo de ese mismo año, Washington reconoció la anexión israelí de los Altos del Golán sirios.

Lejos de ser la única opción, encima de la mesa estaba la Iniciativa de Paz Árabe, que englobaba a la mayoría de países de Oriente Medio y tenía el apoyo de Palestina. Se ofrecía un acuerdo de paz de todos los países árabes a Israel; a cambio de la retirada de los territorios ocupados en Palestina y Siria, así como la creación de un Estado palestino independiente con las fronteras de 1967 y capital en Jerusalén Este.

Pero a Palestina sí le vendieron sus amigos, como se lamentaba Hanan Ashrawi. La división entre sunitas y chiitas convierte a Irán en el principal enemigo de muchos de los países de la zona, quedando el sionismo en segundo plano. La guerra de Siria ha mostrado cómo las numerosas fuerzas mercenarias al servicio de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar encontraban refugio al otro lado de la frontera sirio-israelí y la aviación de Netanyahu protegía sus retiradas. La diplomacia estadounidense hizo el resto.

Emiratos Árabes Unidos se convirtió recientemente en el tercer país de la zona en reconocer a Israel, tras Jordania y Egipto. Pronto podrían seguirles Omán y Bahrein.
Para las anécdotas queda la cara del presidente de Serbia cuando descubrió la cláusula que Estados Unidos había incluido en el tratado bilateral recién firmado, que le obligaba a trasladar su embajada en Israel a Jerusalén. El esfuerzo de Estados Unidos en esta causa es global, no tiene frenos y es a cualquier precio.

A cargo de este plan está Jared Kushner, casado con Ivanka Trump, hija del presidente. En su biografía está haber tomado la empresa inmobiliaria Kushner Companies, propiedad de su padre, cuando éste fue encarcelado por fraude. Judío ortodoxo, está conectado a través de negocios con el monopolio israelí Africa Israel Investments e incluso con el influyente magnate George Soros.

Por si no estuvieran claras sus inclinaciones, declaró en CNN que “los palestinos van a joder otra oportunidad más, como han jodido todas las oportunidades que han tenido durante toda su existencia.”

No, a Palestina le ampara su gente, su tierra y sus derechos, seguirán luchando por ellos -con o sin amigos, entre sus países vecinos- y quienes sí estaremos con ella seremos los comunistas y todos aquellos que rechazamos el imperialismo.

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