El mes de noviembre llega con los datos de la pandemia disparados. El último fin de semana de octubre, el mismo en que un Consejo de Ministros extraordinario aprobaba la nueva declaración del estado de alarma, se alcanzaron las cifras más altas de contagios y fallecimientos desde mayo.

A la segunda ola sanitaria le acompaña el tsunami económico. Cierres de empresas y despidos encarnan la destrucción de fuerzas productivas que caracteriza a toda crisis capitalista. Se habla de entre 200.000 y 300.000 despidos en noviembre y diciembre. Se habla también de que más de 100.000 autónomos dejarán la actividad de forma permanente.

El estado de alarma viene después de que los distintos presidentes autonómicos, y el mismo Gobierno central, se hayan pasado meses ejerciendo como promotores turísticos, llamando a los viajeros patrios a moverse de una zona a otra del país para que el sector turístico, que tanto nos han repetido que pesa mucho en el PIB, no sufriera.

Con su actitud, los responsables políticos del capitalismo español demuestran que la mano del mercado, bien visible, es la que manda sobre la salud de la población. Cada decisión que toman las autoridades estatales (entiéndase las autoridades de todo el aparato estatal, independientemente del nivel territorial) no hace más que confirmar que lo prioritario es mantener bien engrasada la maquinaria económica capitalista independientemente de su coste en vidas humanas.

No son estas afirmaciones exageradas. No hay otra forma de entender que se estén adoptando medidas extremadamente restrictivas en el ámbito social y privado, pero que luego ninguna de esas limitaciones se aplique al ámbito laboral y productivo, que parece libre de contagios y de virus por gracia divina. Como se dan pocos datos, cada quien es libre de interpretar de dónde vienen los contagios, pero presentar el ámbito social y privado de la población como el gran problema de la pandemia, y no mencionar los centros de trabajo, está siendo una jugada exitosa. No solo exonera a los capitalistas y a sus gestores políticos de sus responsabilidades, sino que culpabiliza a una mayoría de la población que ya que esta no sabe ni a qué hora puede salir de casa sin arriesgarse a una multa.

Pero tampoco nos engañemos, estas medidas de ahora son consecuencia del mismo planteamiento con que los políticos capitalistas españoles enfocaron la pandemia desde el primer momento. Sin saber cómo reaccionar ante un virus tan violento y sin capacidad real para organizar la vida social en función de los intereses de la mayoría trabajadora, lo que hacen es improvisar y maniobrar sin más esperanza que la posibilidad de que aparezca pronto una vacuna o de que las cifras de contagios dejen de crecer mágicamente. Porque realmente han hecho poco o nada por prepararse para una segunda ola que estaba anunciada desde primavera. Mientras el tsunami venía ellos se han dedicado a decirnos que nos tomásemos otro cubata en el bar de la playa, y claro…

No puede extrañarnos este enfoque viniendo de quienes, cada vez que estalla una crisis capitalista, se hacen los sorprendidos y buscan causas de lo más peregrinas para justificar las tremendas contradicciones del capitalismo. Por eso dedican tantos esfuerzos a tratar de culpabilizar al pueblo de todos los males que generan las crisis. Cuentan con un potente aparato mediático que les da cobertura.

¿O no es verdad que nos han querido convencer de que la crisis de 2008 fue debida a los excesos de la población a la hora de hipotecarse? ¿No llegaron a decirnos que vivíamos por encima de nuestras posibilidades? Hoy pretenden explicar la actual crisis económica y su profundidad aludiendo a la irresponsabilidad de una población que aparentemente está de fiesta, botellón y discoteca día sí y día también. Y lo consiguen, porque ante una crisis económica brutal (casi) nadie habla de economía, sino de imponer toques de queda y limitar la movilidad. Llamativo cuanto menos.

Se niegan a asumir que la crisis capitalista surge de la propia dinámica del capitalismo. Que dicha crisis es inevitable mientras sigamos viviendo bajo el capitalismo. Y se niegan porque, de asumirlo, acto seguido tendrían que poner en duda el propio sistema que genera tal destrucción, tal miseria y tantos sufrimientos.

En lugar de eso, marchan hacia adelante como caballos en estampida. Siempre adelante, sin mirar atrás y sin importar lo que se les cruce en el camino. Pero que la máquina no pare, que el sistema no pare y que mueran los que tengan que morir con tal de que los que más tienen sigan teniendo beneficios.

Hace tiempo que llegó la hora de decirles adiós y de dejar que la estampida termine en el barranco. Nuestras propuestas, las de los comunistas, no se hacen para salvar al sistema. Que nadie nos pida que digamos qué haríamos si fuéramos Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, porque no estamos aquí para salvar al capital modernizando las formas de explotación. Nosotros, como decía Celaya, pues vivimos, anunciamos algo nuevo. Lo nuevo, lo necesario, es un sistema económico, político y social que sea compatible con la vida. Eso es lo que anunciamos y por lo que peleamos los comunistas.

No Comments Yet

Comments are closed

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies