El miedo al futuro se ha colado en nuestras vidas poco a poco, como un intruso que nos desconcierta y nos mantiene alerta, invadiendo nuestros espacios como un virus. Ciertos medios se hacen eco últimamente de lo que supone la ansiedad y la falta de perspectivas, ante todo con la situación de pandemia. Varios titulares abren noticias como “Consejos para lidiar con la incertidumbre personal y laboral que ocasiona la crisis del Covid-19”. Lo que no parecen recordar es que ese miedo al futuro no es nada nuevo.

Poco a poco hemos ido avanzando hacia eso que llaman un “empleo flexible” bajo la necesidad concreta de la producción. No solamente vivimos enganchados a los dispositivos móviles refrescando enfermizamente nuestras redes sociales, sino que también vivimos actualizando constantemente nuestros perfiles de las aplicaciones de empleo, o los de las APP de las plataformas de ‘delivery’, esperando ansiosos a que nos paguen 3 míseros euros por entregar unas pizzas. El futuro da pavor, porque avanzamos a grandes pasos hacia no poder ni pensar en él. Vivimos al momento, porque lo posible es elegir entre el paro o cobrar nuestro siguiente empleo en negro, al día y mal pagado, existiendo una aparente permisividad generalizada, que se resume bien en el refrán ‘ay virgencita que me quede como estoy’.

La situación para la juventud estudiante es curiosamente parecida. Unas carreras con una alta especialización, que en vez de dotar de herramientas a los jóvenes para analizar la realidad y transformarla, transforman a los propios estudiantes en máquinas a disposición del aparato de producción del capitalismo, es decir, mano de obra a demanda. Esta híper-especialización plasmada en las sucesivas reformas educativas, nos lleva a tener que realizar masters y estudios de postgrado, que, con precios realmente elevados, apartan a la mayoría social del acceso a la educación superior; no únicamente por el elevado precio de estas tasas, sino también porque no ofrecen una certeza de futuro dadas las altas tasas de desempleo, y eso, claramente, da miedo.

Ni cerca estamos de hablar de comprar un piso. La mayoría de los jóvenes, sin capacidad económica de ningún tipo, vivimos hacinados en apartamentos enanos, si tenemos suerte y conseguimos emanciparnos. Aún nos venderán lo maravilloso que es el ‘co-living’ y la experiencia de vivir en un precioso y funcional apartamento minimalista de 15m2, cuando lo que realmente quieren decir es “en tu vida vas a tener dinero para comprar una casa, vete acostumbrando”.

Parece que somos una suerte de generación perdida. La generación que nació entre dos crisis. No sé si recordarán aquel famoso apodo que se nos puso allá por el 2009, la ‘generación ni-ni’ nos llamaban, que ni quiere estudiar ni trabajar. Sí, seguramente les resultará familiar culpabilizar a la juventud y a sus acciones individuales por problemas que son netamente estructurales y que responden a las dinámicas propias de nuestra socialización. Es precisamente la juventud de los barrios de trabajadores, la que funciona como cabeza de turco, a la que se culpabiliza como principal responsable de la propagación del virus, mientras colapsamos los autobuses y metros para ir al trabajo o a estudiar.


Por supuesto que tenemos miedo e incertidumbre, sobre en qué trabajaremos, si tendremos que emigrar y qué será de nuestro futuro, esos son los límites a los que llega nuestra imaginación de lo que es posible conseguir, marcados y remarcados tanto por el aparato propagandístico del capital –expresado en los medios de comunicación-, como por las políticas y promesas de la tibia socialdemocracia, esos posibles, nos llevan inevitablemente a un camino sin salida, al pan para hoy pero el hambre para mañana.

Parece que la pobre ‘generación ni-ni’ no se ha recuperado de la crisis del 2008, y ya está inmersa en la siguiente. Pero igual deberíamos abrir la imaginación y adueñarnos de ese apodo, comenzar a hacerlo nuestro por ser la generación que ni se doblegó, ni pudieron domesticar. En este contexto, los Colectivos de Jóvenes Comunistas presentamos la campaña ‘Elige lo necesario’, desarrollándola en los centros de trabajo, de estudio y en los barrios trabajadores, llamamos a la juventud trabajadora y popular a comenzar a imaginar que sí hay un futuro, pero tan solo si queremos hacerlo nuestro. Porque cuando la única posibilidad que nos queda es la incertidumbre, solo nos queda la opción de elegir lo necesario.

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