El día 21 de diciembre se cumplen tres años de las últimas elecciones catalanas y justamente será esa la fecha de una nueva convocatoria electoral. La convocatoria será automática, puesto que el Govern se ha negado a hacerla y ha preferido dejar correr el reloj. El discurso oficial habla de un Govern luchando por la unidad y con los tribunales como único escollo. Los acontecimientos del día a día bastan para deshacer esa ilusión.

Lo cierto es que la XII Legislatura termina tal y como empezó: con el Govern y la oposición envueltos en banderas y dejando atrás uno de los períodos menos legisladores de la Historia del Parlament de Catalunya. No es que Junts per Catalunya (JxC) y Esquerra Republicana (ERC) no compartan principios. Al contrario: ambos se han destacado en las últimas décadas como fieles defensores de los intereses de la patronal y dejan a Catalunya en un camino de privatizaciones, ataques a los derechos laborales y represión a la respuesta popular. Se escuchan altos y claros los golpes de porra que reciben, casi de manera diaria, los vecinos y las vecinas que intentan parar los desahucios. Pero ya sabemos cómo va la cosa: el poder es una golosina muy sabrosa para los partidos burgueses y lo cierto es que todo parece indicar que ERC tiene el camino despejado para coronarse como primera fuerza política en el Parlament, algo que no sucedía desde la II República. La lucha por la poltrona se abre paso.

Durante estos tres años, el Govern ha sabido balancearse con arte entre la ‘performance’ política y la defensa de los intereses de la patronal. Al mismo tiempo se agudizaban las contradicciones del independentismo. Entre gesto simbólico y gesto simbólico, una parte importante del independentismo ha vuelto al campo del autonomismo, del pacto con el Gobierno central y de la participación en las Cortes. Las declaraciones grandilocuentes no pueden negar los hechos: dividido y enfrentado en varios partidos y organizaciones diferentes, el independentismo ha llegado a una vía muerta.

Desgraciadamente, los ataques de la Generalitat no han encontrado siempre una respuesta contundente. Contribuye a ello el efecto somnífero de la socialdemocracia que, desde el Gobierno central, promete el paraíso. Otros aspiran a hacer lo mismo en Catalunya. El verdadero peligro es que, si no se empieza a reorganizar el movimiento obrero basado en posiciones de clase, la ultraderecha amenaza con recoger los frutos de la miseria sembrada. ¡Hay que impedírselo!

Se abren tiempos inciertos ante nosotros. Los efectos de la crisis económica, ya devastadores en este momento, no se han desplegado todavía de forma completa. Una verdadera catástrofe amenaza con cernirse sobre nosotros cuando se agoten las arcas públicas y el Gobierno anuncie el fin de los ERTE por la Covid-19 y, en fin, todo el abanico de ayudas que ha desplegado, con el Ingreso Mínimo Vital al frente, en su intento desesperado de mantener viva la demanda interna. En estas elecciones tiene que haber una alternativa a la falsas dicotomías. No se trata de elegir entre una bandera u otra. Nuestros enemigos de clase, como decía Antonio Machado, invocan a la patria constantemente, pero es el pueblo el que la compra con su sangre y la salva. Va siendo hora de que la patria del trabajo se levante frente a la del capital.

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