Que las mujeres trabajadoras sufrimos por el hecho de ser mujeres y ser trabajadoras, no es un secreto, sabemos de sobra que el capitalismo no nos garantiza ni lo más básico para poder, siquiera, vivir. Ante este atropello, ¿qué debemos hacer las trabajadoras? Aunque la respuesta pueda parecer clara, en realidad tiene una serie de claves que hace falta desgranar.

A todo el mundo le vendrá a la cabeza que lo que debemos hacer las trabajadoras es organizarnos. Y obviamente, eso es lo que debemos hacer: organizarnos en nuestros centros de trabajo, en nuestros centros de estudio y en nuestros barrios. Pero también debemos dejar claro que a las trabajadoras no nos sirve cualquier tipo de organización.

En 1896, en el Congreso Gotha del Partido Socialdemócrata de Alemania, Clara Zetkin pronunciaba un discurso en el que decía que “la lucha de la emancipación de la mujer proletaria no puede ser una lucha similar a la que desarrolla la mujer burguesa contra el hombre de su clase; por el contrario, la de la mujer proletaria es una lucha que va unida a la del hombre de su clase contra la clase de los capitalistas”. Y cogiendo esta acertada premisa de Zetkin, cabe preguntarnos: si nuestra lucha como trabajadoras va unida a la de los trabajadores contra el capitalismo, ¿qué clase de organización es la que necesitamos las obreras?

Lo primero que hay que hacer es diferenciar entre “mujer” y mujer trabajadora. Mujer engloba a un sexo, independientemente de la clase. Hace mención a ese ente interclasista, en el que lo único que importa es que como mujeres tenemos unos problemas en común, independientemente de nuestra clase social. Nos maltratan por ser mujeres, cobramos menos por ser mujeres, tenemos más dificultad para conciliar vida laboral y familiar por ser mujeres. Y a pesar de que esto es cierto, hay algo que el discurso sistémico deja fuera: que toda esa desigualdad, opresión y dominación que sufrimos las “mujeres” no la soportamos solo por ser mujeres, sino por ser mujeres de una clase concreta, de la clase trabajadora.

¿Acaso sufre lo mismo por llegar a fin de mes la cajera del supermercado que tenemos al lado de casa que Sandra Ortega? ¿Tiene los mismos problemas de conciliación laboral y familiar la limpiadora del hospital que Ana Patricia Botín? ¿Tiene María José Álvarez Mezquíriz (presidenta de Eulen) la preocupación por quedarse sin empleo que sufre la teleoperadora de Unitono?

Ellas tienen claro cuál es su posición en la sociedad y a qué clase pertenecen. Ellas mismas se organizan en sus círculos -empresariales y elitistas- donde de lo único que se tienen que preocupar es de si el camarero les sirve una copa más. Entonces, ¿cómo es posible que haya grupos en los que se sigue defendiendo que las mujeres, en abstracto, debemos luchar unidas y organizarnos juntas contra eso que muchas llaman “patriarcado opresor”?

No, no y no. Las trabajadoras no tenemos ningún vínculo común con aquellas que nos explotan; con aquellas que se enriquecen a costa de nuestra de fuerza de trabajo. Nuestra tarea como trabajadoras es luchar para conquistar un futuro digno para nosotras, nuestra tarea como trabajadoras es organizarnos para la lucha de clases, para la lucha contra el sistema capitalista. Las mujeres trabajadoras debemos tener claro cuál es nuestro enemigo: el capitalismo, basado en la explotación y en la división de clases.

Es por eso por lo que las trabajadoras debemos tener nuestras organizaciones propias, porque somos nosotras, las mujeres de la clase obrera, las que tenemos peores condiciones laborales; las que nos vemos obligadas a renunciar a proyectos profesionales por la necesidad de dedicarnos a las tareas de cuidados; las que somos víctimas de acoso laboral y acoso sexual; a las que maltratan, violan y asesinan.

Cada vez que nos digan que debemos organizarnos como mujeres independientemente de nuestra clase, debemos desconfiar de aquellos y aquellas de quienes provenga el mensaje. Porque una cosa está clara: nos quieren organizar según sus intereses, los de la clase dominante, para seguir sacando el máximo beneficio posible a costa de nuestra salud y de nuestra vida.

O con nosotras, las trabajadoras, o con ellas, las explotadoras. No se trata de una cuestión de hombres contra mujeres, no se trata de una cuestión de mujeres. Se trata de la contradicción principal, la de clase. Y frente a esa contradicción, las trabajadoras decidimos organizarnos en nuestros centros de trabajo, nuestros centros de estudio y nuestros barrios por dos motivos: porque somos mujeres, y porque somos obreras. Todo lo que sea distraernos del máximo anhelo de las trabajadoras, la conquista de su emancipación, supone un irremediable retroceso y supone acabar defendiendo intereses ajenos a los de las trabajadoras, es decir, en favor de las explotadoras.

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