A primeros del pasado mes de diciembre se hacían públicos varios mensajes enviados por militares retirados de la XIX promoción del Ejército del Aire a un grupo de WhatsApp. En ellos se referían al golpe de Estado fascista que abrió paso a cuatro décadas de dictadura fascista como las “maniobras del 36”, llamando a repetir la historia ya que, en opinión de alguno, “no queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta”.

A pesar del ilustrativo silencio que por ahora mantiene el Rey, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, el escándalo estaba servido, hasta el punto de que la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha comenzado una investigación por si dichos mensajes fueran constitutivos de delito. Salvo la Casa Real y la ultraderecha agrupada en Vox, la condena de estos hechos ha sido prácticamente unánime.

Lo que ya no provoca tanta unanimidad es la necesidad de abrir un serio debate sobre las Fuerzas Armadas, pues con independencia de toda ingenua apelación a su carácter democrático, lo cierto es que todo el mundo sabe que no se trata de un episodio aislado, sino de una tendencia reaccionaria que es continuación histórica de lo sucedido a lo largo del pasado siglo y, muy especialmente, durante la transición española, en la que el “ruido de sables” resultó funcional a un tránsito relativamente pacífico de una forma de dictadura capitalista a otra.

A su vez, las voces que pretenden disminuir la importancia de este tipo de manifestaciones fascistas (pretextando que no tienen relevancia en el marco de unas FFAA integradas en la OTAN y el Euroejército), pecan de un idealismo sin parangón. La propia fundación de la OTAN fue uno de los hitos más reaccionarios del siglo XX. Desde entonces y hasta la fecha, los ejércitos integrados en la alianza euroatlántica no han dado tregua en la espiral de violencia, barbarie y reacción que caracteriza la actual fase capitalista. Por su parte, la Unión Europea es parte activa en el renacimiento de fuerzas de corte nazi-fascista en buena parte de los países europeos.

La profesionalización del ejército, con el fin del servicio militar, por exigencia de la OTAN, no ha hecho más que profundizar la separación entre las Fuerzas Armadas y el pueblo. Bajo una imagen pretendidamente moderna y profesional, se genera una nueva casta que cultiva el odio, la violencia gratuita, el clasismo y el nacionalismo más absurdos.
Por supuesto, las FFAA no están exentas de contradicciones. Pero mientras desde el gobierno se contemporiza con los sectores más reaccionarios, se aplica una despiadada política disciplinaria a los hombres y mujeres que se atreven a alzar la voz.

Sí, hay que volver a hablar de la cuestión militar. De nuevo hay que levantar un programa que fusione los intereses del pueblo con los intereses de amplios sectores militares. Cuestiones como el derecho a la libre sindicación de la tropa en los sindicatos de clase, el fin de todo tipo de abusos por parte de la casta de mandos, los derechos laborales y de jubilación deben ser asumidos como una reivindicación de las amplias mayorías, pues al fin y al cabo son sus hijos quienes empuñan mayoritariamente las armas.

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