Afganistán, donde el futuro ya fue

Afganistán, un país mediano en tamaño y pequeño en riqueza, ha copado las portadas de la prensa mundial durante todo el mes pasado. Y la situación no es nueva: algo parecido sucedió a principios del siglo XX, en la década de los 80 o en 2001. Leyendo los titulares de estas fechas, uno puede llegar a la conclusión de que Afganistán vive en una rueda continua de intervenciones por parte de potencias extranjeras, que acaban retirándose tras ser incapaces de someter a los milicianos rurales afganos, los cuales restablecen el poder tradicional semi-feudal. Pero quitando las similitudes superficiales, la realidad se parece más a un descuadre de los tiempos: el futuro llegó primero, pero la reacción tuvo poderosos aliados para traer de vuelta el pasado.

Afganistán comenzó el siglo XX como un emirato amenazado por la extensión territorial del Imperio Británico. Abundaban en el país los mercados de esclavos, que proveían de fuerza de trabajo a las fábricas de mampostería y alfombras y al servicio doméstico. Aunque la esclavitud fue abolida oficialmente en 1923, los mercados de esclavos siguieron siendo públicos en Kabul y el Noroeste durante buena parte del siglo XX.

El país pronto estableció relaciones amistosas con la naciente Unión Soviética, con quien hacía frontera. Lejos de cualquier simpatía ideológica, el propósito era pragmático: Afganistán necesitaba aliados frente a la amenaza del Imperio Británico, que se había apoderado de los territorios que hoy pertenecen a la India y Pakistán, mientras que la URSS quería evitar un vecino hostil que hostigase a las repúblicas soviéticas de Asia Central a través del islamismo.

Esta inercia con que se movieron las relaciones afgano-soviéticas se rompió en 1973, cuando Mohammed Daud Khan, miembro de la familia real afgana y general del Ejército, dio un golpe de Estado con el que abolió la monarquía, e inició un acercamiento a Estados Unidos, incluyendo la presencia de asesores militares de la OTAN en las provincias afganas cercanas a la frontera soviética.

Los cinco años de gobierno de Daud se caracterizaron por un deterioro de la situación económica y purgas políticas contra los comunistas. Esto llevó en abril de 1978 al inicio de la Revolución Saur, encabezada por los comunistas afganos y el establecimiento de la República Democrática de Afganistán. A pesar de que la maquinaria de propaganda occidental trató de hacer pasar los acontecimientos de Afganistán como una invasión soviética, la verdadera historia nos habla de una revolución nacida del pueblo afgano, con causas y fuerzas internas, que solo en diciembre de 1979 (es decir, año y medio después), recibió la ayuda soviética a petición del propio gobierno revolucionario.

La Revolución Saur inició el reparto de tierras, con 250.000 campesinos beneficiados, al tiempo que se eliminaba el cultivo de opio. Se lanzó una campaña de alfabetización, no solo en pastún —la lengua mayoritaria— sino en las lenguas de todas las etnias. Se alcanzó por primera vez la separación entre religión y Estado; se legalizaron los sindicatos y se estableció un salario mínimo. También se abolieron leyes sobre la vestimenta de las mujeres, a quienes se permitió por primera vez transitar libremente, además del acceso libre a estudios y trabajo. Se logró el acceso a la sanidad pública para el 80% de la población urbana, aumentando en un 50% el número de médicos, se creaban las primeras guarderías y se ganaban 9 años de esperanza de vida, a pesar del contexto de guerra civil.
Como curiosidad, la ley de divorcio se aprueba en Afganistán un año antes que en España.
Si bien esta revolución logró avances notables, la antigua clase dominante afgana pronto recibió cuantiosos fondos y armas estadounidenses, guía ideológica y reclutamiento saudí y apoyo logístico y de inteligencia de Pakistán. Algunos de sus líderes difícilmente pueden ocultar su origen de clase: Gailani, un latifundista con el monopolio de distribución de coches Peugeot en el país; Hekmatyar y Mojadaddi, terratenientes; el llamado “profesor” Rabbani, exportador de manufacturas y minerales. Todos ellos usaron la bandera del Islam en su lucha para defender sus privilegios.

Los talibanes nacen de entre estos grupos islamistas, que Occidente llamaba “freedom fighters”. La retirada soviética ordenada por Gorbachov, el bloqueo impuesto por la nueva Rusia de Yeltsin y el apoyo continuado a la insurgencia mercenaria desde el exterior hacen que la República Democrática de Afganistán finalmente sucumba en 1992. Najibullah, su último presidente, resiste durante 3 años sin ayuda externa, y finalmente muere en Kabul tras ser arrastrado por un coche de los talibanes y torturado públicamente. También entonces muere el futuro, mientras que el pasado vuelve a conjugarse en presente.

La entrada de Estados Unidos en 2001 aparta temporalmente a los talibanes del poder, aunque nunca son realmente derrotados. La presencia de la OTAN durante 20 años no establece una superioridad militar sustancial, a pesar de las enormes sumas invertidas. Julian Assange relacionó esta prolongada presencia hace ya 10 años con una enorme operación de lavado de dinero: el objetivo no es una guerra victoriosa, sino una guerra sin fin. Al mismo tiempo, Afganistán se convirtió de nuevo en el productor mundial del 90% del opio.

Aunque se conoce que la administración de Donald Trump llegó a un acuerdo de retirada de tropas con los talibanes, se desconoce lo que realmente se pactó. Lo cierto es que la retirada acordada en 2020 empezó justo al mismo tiempo que los talibanes iniciaban su ofensiva militar para tomar el control del país. Sin resistencia por parte del gobierno títere afgano, los talibanes tomaron su primera capital de provincia el 6 de agosto de 2021.
Ocho días después estaban en Kabul y el país era suyo. Los talibanes se hicieron con enormes arsenales dejados por las tropas estadounidenses y mientras la OTAN evacuaba personal desde el Aeropuerto de Kabul, los talibanes se graban en coches de choque y gimnasios de la capital. ¿Sospechoso? Ahí van dos datos más: el líder talibán que ahora dirigirá el país, A.G. Baradar, fue liberado hace tres años por Pakistán a petición de Estados Unidos, y mientras que Najibullah murió en Kabul, el depuesto presidente Ghani, abandonó el país con dinero en metálico.

Todo apunta a un traspaso de poder pactado y no al final digno de una guerra. Aún con sus más y sus menos, los talibanes han sido amigos circunstanciales de Washington en numerosos momentos. Con éstos en el poder, el problema será ahora para Irán (de mayoría chiita), China (especialmente en la provincia musulmana de Xinjiang) y Rusia (a cargo de la defensa de varias ex-repúblicas soviéticas de mayoría musulmana), todos ellos rivales de Estados Unidos.

Y, por supuesto, el mayor perjudicado será una vez más el sufrido pueblo afgano. En 2008, Radio Kabul preguntó a los afganos qué gobierno de su historia preferían. El 93% señalaron que la República Democrática de Afganistán. Entonces, tuvieron el futuro.

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