En el 60 aniversario de La Huelgona

En abril de 1962 estallaba en el pozo Nicolasa la huelgona, que inicialmente paralizaría toda la minería asturiana, a la que seguiría una ola de solidaridad, que paralizó a otros sectores productivos y extendió la huelga por 28 provincias a lo largo y ancho del país, afectando a más de 300.000 trabajadores. Sobres las huelgas de 1962 se ha escrito mucho, por lo que no pretendemos en este breve artículo reflejar hechos concretos que son conocidos, sino señalar aquello que consideramos relevante de aquellas luchas y que en nuestros días se ignora interesadamente.

Las huelgas del 62 siguen siendo hoy recordadas en Asturies y en el conjunto de España como un hito de la lucha de nuestro pueblo contra el régimen fascista. En muchos columnas de opinión se reconoce la importancia de la huelgona en el aceleramiento del agotamiento del régimen fascista en nuestro país, impidiendo el reconocimiento internacional que desde diferentes estructuras internacionales, tales como la entonces CEE, se impulsaba con el objetivo de normalizar al franquismo e integrar a la oligarquía española que medraba económicamente sobre la miseria de nuestro pueblo, en el sistema imperialista mundial.

Si bien es cierto que nadie es capaz de negar la importancia de las huelgas mineras en este aspecto, los actuales análisis sobre los sucesos procuran quedarse en lo que es superficial y que no se puede ocultar para no profundizar en lo que fue realmente relevante de la lucha minera. Lo realmente importante y trascendente de la huelga minera de 1962 no fue el descrédito internacional que sufrió el franquismo a consecuencia de la represión ejercida contra los mineros, entre otras razones porque tal descrédito y condena ya lo había sufrido con los asesinatos de Cristino García, Julián Grimau y otros destacados luchadores antifascistas. La huelgona se convirtió en un hito imborrable de la memoria colectiva de nuestro pueblo porque por primera vez desde el final de la Guerra la clase obrera irrumpía de nuevo como sujeto político determinante en los desarrollos políticos y sociales que en nuestro país estaban por venir, y que llegarían de la mano de una agudización de la lucha de clases en la que el proletariado industrial se erigía como principal motor de su desenvolvimiento.

Este despertar del movimiento obrero en nuestro país, que durante meses es capaz de enfrentar y combatir la dura represión que contra ella se ejerce sin claudicar ni renunciar a sus objetivos, ha condicionado enormemente los acontecimientos que posteriormente se sucedieron. Sin desmerecer ni restar importancia al papel que otros sectores sociales jugaron durante el conflicto, especialmente en la extensión de la solidaridad con los mineros asturianos, conviene no perder de vista el hecho concreto de que fue el proletariado español quien abrió brecha en el dique que el fascismo había construido para ahogar cualquier reivindicación de nuestro pueblo.

En muchas ocasiones tenemos que oír o leer como determinados “estudiosos” nos tratan de presentar las huelgas del 62 como un movimiento, que si bien se inicia en las minas asturianas pronto pasa a convertirse en una movilización transversal a la que se suman intelectuales, universitarios, sectores de la iglesia, etcétera, perdiendo progresivamente ese carácter de clase inherente al movimiento obrero. Es justo reconocer el importante papel que esos sectores sociales jugaron en el apoyo a la huelga, pero en ningún caso admitimos el intento de invertir los términos para borrar el papel protagónico de la clase obrera.

Otra cuestión que ha ido ganando espacio en relación con el relato de los sucesos de 1962 es la tesis que muchos intelectuales e historiadores de nuestros días sostienen sobre el carácter espontáneo de la huelgona. Utilizando el hecho de que la huelga se inicia en Nicolasa como consecuencia de reivindicaciones de carácter económico que son ignoradas por la dirección de la empresa, deducen que se trata de una huelga que surge espontáneamente sin ningún tipo de preparación previa, negando la participación del Partido Comunista y sus militantes en la organización y preparación de las luchas mineras. Esta corriente de opinión instalada en determinados círculos académicos choca frontalmente con los testimonios de los que fueron protagonistas de las huelgas en la minería asturiana. Dichos testimonios confirman que el germen de las huelgas mineras del 62 hay que buscarlo en las huelgas de 1957 en el pozo María Luisa y 1958 en el pozo de La Nueva. Resulta paradójico, a la par que esclarecedor, la diferencia de criterios entre los que participaron y organizaron las luchas obreras en la cuenca minera asturiana y algunos académicos e historiadores que pretenden estudiar esos hechos y universalizar un determinado análisis de los mismos.

Berto Loredo, minero comunista del pozo Nicolasa, narraba cómo se organizó el paro. En el documental Hay una luz en Asturias explica que los trabajadores se sentaban delante del pozo y cuando sonaba la sirena para entrar a trabajar, uno se levantaba, dejaba la lámpara en la lampistería y el resto de trabajadores lo seguían. Confirma que una serie de trabajadores estaban organizados y que eran esos trabajadores quienes arrastraban al resto al paro. ¿A qué se debe esa disparidad existente entre las opiniones y testimonios de los protagonistas y las conclusiones de algunos académicos e intelectuales? El único factor que podemos valorar objetivamente como causa de estas diferencias es la posición de clase desde la que unos y otros abordan el análisis de las huelgas de 1962.

Que algunos historiadores insistan en el fracaso que supusieron las huelgas mineras de 1957 y 1958 impulsadas por el PCE, mientras los mineros que en el 62 es levantaron y pusieron a la vanguardia de la lucha contra el franquismo al movimiento obrero y popular afirman que esas huelgas fueron de gran importancia para elevar la conciencia de clase de los trabajadores de la minería, desarrollar nuevas formas organizativas y de lucha en el marco de la clandestinidad que se plasmaron durante la huelgona, no es casual. Esa corriente de opinión instalada en medios de comunicación y académicos, pretende anular el papel protagónico del movimiento obrero en los posteriores sucesos que se dieron en nuestro país. Esta pléyade de estudiosos que ignoran y pretenden silenciar las voces de los que tuvieron el valor de enfrentar al fascismo, se rebelan como peones de una estrategia dirigida a borrar la historia de nuestra clase para ocultar a aquello que nuestra historia reciente nos ha mostrado, que la acción política de la clase obrera es el motor del desarrollo histórico.

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