De Grecia a Turquía: movilización, organización y lucha contra la guerra imperialista en Irán

El lector ya lo sabe: la guerra impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán marca un nuevo salto en la escalada imperialista en Oriente Medio. En este contexto, en el que una mañana se despierta con las amenazas de Trump de «destruir una civilización» y, a la siguiente, con la noticia de un alto el fuego es normal que cunda el desánimo. ¿Qué se puede hacer para acabar con la barbarie? En este reportaje pretendemos mostrar cómo en dos países miembros de la OTAN y cercanos a Irán la clase obrera se enfrenta a los planes imperialistas. A pesar de la ambigüedad de sus Gobiernos, tanto Grecia como Turquía tienen un papel cada vez más evidente en la guerra (bases militares, despliegues estratégicos, colaboración con Israel y Estados Unidos).

Sin embargo, frente a esta implicación creciente, se abre paso una respuesta que rompe con el relato de la «unidad nacional»: la oposición organizada de la clase trabajadora. En Grecia y Turquía, el Partido Comunista de Grecia (KKE) y el Partido Comunista de Turquía (TKP) están impulsando una línea de lucha que combina movilización de masas, acción directa y confrontación política e ideológica.

En Grecia, el Gobierno continúa presentando su papel como el de un actor estabilizador, pero la realidad es bien distinta. El país está profundamente integrado en los planes de Estados Unidos y la OTAN, con bases como Souda, Alexandroupolis o Larisa desempeñando un papel activo en la logística militar. A esto se suma el envío de sistemas Patriot a Arabia Saudí y la participación en ejercicios militares conjuntos con Israel, que refuerzan la implicación directa en la escalada regional.

El KKE ha señalado con claridad que esta política responde a los intereses de la burguesía griega, que busca reforzar su posición como nodo energético y logístico en la región. Frente a ello, la respuesta del movimiento obrero no ha dejado de crecer y en las últimas semanas ha dado nuevos pasos adelante.

Tras una primera manifestación de estudiantes el 19 de marzo, miles de trabajadores, autónomos, estudiantes y jóvenes participaron en una segunda gran movilización en Atenas el 27 del mismo mes que culminó frente a la embajada de Estados Unidos. La protesta constituyó una condena abierta tanto a la implicación del país en la guerra como a la propaganda gubernamental que intenta normalizar sus consecuencias. Las consignas que recorrieron el centro de la capital fueron claras: ningún sacrificio por la guerra y sus beneficios, fuera Grecia de la guerra, que se cierren las bases de Estados Unidos y la OTAN.

La movilización partió del Ministerio de Finanzas, donde representantes sindicales trasladaron al Gobierno sus reivindicaciones, exigiendo la retirada de la guerra y medidas concretas de apoyo al ingreso popular. La respuesta oficial, basada en la falta de recursos, fue denunciada como una provocación en un momento en el que se destinan miles de millones al armamento de la OTAN. La marcha hacia la embajada estadounidense simbolizó el rechazo directo al papel de Estados Unidos en la escalada bélica.

Pero lo más significativo de la situación griega es que la oposición no se limita a grandes manifestaciones, sino que se desarrolla en múltiples planos. Trabajadores portuarios han protagonizado acciones para impedir el transporte de material militar, mientras estudiantes y sindicatos de diversos sectores mantienen una movilización sostenida.

En este contexto, ha adquirido especial relevancia la participación de jóvenes soldados que realizan el servicio militar obligatorio. Estos, vestidos con sus uniformes, se han sumado a las movilizaciones junto al resto del pueblo trabajador. Su presencia no es solo simbólica. Bajo la presión de la guerra y sus consecuencias, están surgiendo comités de soldados en distintos cuarteles, una iniciativa que permite organizar colectivamente la oposición a la implicación del país.

Estos comités han surgido de la necesidad de obtener información veraz sobre la situación, frente al silencio y la desinformación oficial, pero también como respuesta a las condiciones materiales que enfrentan los propios soldados. Mientras el Gobierno destina miles de millones al armamento, los jóvenes que participan en las levas deben asumir costes básicos y soportar condiciones precarias, lo que ha reforzado la conciencia de que la guerra no responde a sus intereses.

La formación de estos comités, respaldada por el KKE y el movimiento obrero, marca un salto cualitativo en la oposición a la guerra, al extender la lucha al interior de las propias fuerzas armadas. Al mismo tiempo, refleja una dinámica más amplia en la que la guerra se conecta directamente con la carestía, los recortes y el deterioro de las condiciones de vida.

No es la primera vez que esto ocurre. Hace 27 años, durante la guerra de los Balcanes, Grecia fue escenario de movilizaciones masivas contra la OTAN, con bloqueos de convoyes militares y una amplia participación popular. Hoy, esa experiencia histórica se reactualiza, mostrando la continuidad de una tradición de lucha antiimperialista profundamente arraigada.

En Turquía, la intervención del TKP se desarrolla en un contexto distinto, pero igualmente marcado por la implicación del país en la estructura de la OTAN y por la ambigüedad calculada del Gobierno. En la práctica, esta ambigüedad encubre una alineación con los intereses estadounidenses, visible en el uso de instalaciones estratégicas como el radar de Kürecik (sureste del país) y en la integración del país en el dispositivo militar occidental.

En las últimas semanas, el TKP ha intensificado su actividad, situando la lucha contra la OTAN en el centro de su intervención política. El 4 de abril, coincidiendo con el aniversario de la fundación de la alianza, el partido organizó una gran movilización en Ankara que reunió a miles de personas en una marcha desde Kolej hasta la plaza Sakarya.

La manifestación se planteó como una respuesta directa al anuncio de la celebración de la próxima cumbre de la OTAN en la capital turca en el mes de julio. Bajo consignas como la necesidad de una Turquía sin OTAN o la expulsión de la alianza del país, la movilización expresó un rechazo frontal a la presencia imperialista.

En la plaza Sakarya, el secretario general del TKP, Kemal Okuyan, vinculó explícitamente esta lucha con la tradición histórica de independencia, señalando que la celebración de una cumbre de la OTAN en Ankara constituye un desafío que debe ser respondido. En sus palabras, el espíritu de 1920, en referencia a la fundación de la Asamblea Nacional, debe volver a hacerse oír.

El discurso de Okuyan profundizó en una crítica estructural al papel de la OTAN en Turquía. Denunció la entrada del país en la alianza bajo el pretexto del «peligro comunista» y señaló la profunda subordinación a Estados Unidos que se desarrolló a partir de ese momento. Asimismo, vinculó a la OTAN con los golpes de Estado y las redes clandestinas que han marcado la historia política del país.

Un elemento especialmente significativo fue la denuncia de la presencia de armas nucleares estadounidenses en la base de Incirlik, planteada como una cuestión directa a la población sobre los riesgos reales que implica esta situación. También criticó la creciente presencia militar en el Mar Negro y la penetración del capital internacional en sectores estratégicos.

El eje central de la intervención del TKP es claro: la necesidad de la salida de Turquía de la OTAN como paso imprescindible para cualquier proyecto de independencia real. Esta posición no se plantea en abstracto, sino como una tarea concreta e inmediata, vinculada a la lucha cotidiana contra la guerra y sus consecuencias.

Al mismo tiempo, el TKP continúa desarrollando una intensa lucha ideológica frente a la propaganda proimperialista, señalando el papel de los monopolios y desmontando el discurso de la «unidad nacional». Como subraya el partido, los intereses de la clase trabajadora no pueden coincidir con los de quienes se benefician de la guerra.

En ambos países, los Gobiernos intentan justificar su implicación en nombre del interés nacional. Frente a ello, tanto el KKE como el TKP señalan que ese supuesto interés no es más que la expresión de los intereses de la burguesía, especialmente en sectores como la energía, el transporte y la industria militar.

De este modo, la oposición a la guerra se configura como una lucha de carácter profundamente político y de clase, que no solo cuestiona una intervención concreta, sino el sistema que la hace posible.

La escalada bélica en Oriente Medio confirma el carácter cada vez más agresivo del imperialismo contemporáneo y el riesgo de una ampliación del conflicto. Pero también pone de relieve una realidad fundamental: existe una oposición organizada que no se limita a la denuncia, sino que comienza a intervenir de forma efectiva.

En Grecia, esta oposición se expresa en una movilización masiva y en la extensión de la lucha a sectores clave, incluidos los propios soldados. En Turquía, se articula en torno a una confrontación política directa con la OTAN y grandes manifestaciones.

Ambos procesos muestran que la lucha contra la guerra puede adquirir formas avanzadas cuando se vincula con una orientación de clase. Como hace décadas en los Balcanes, vuelve a plantearse la posibilidad de que los pueblos no sean arrastrados pasivamente a la guerra, sino que se organicen para combatirla.

En esa dirección apuntan el KKE y el TKP: no solo contra una guerra concreta, sino contra el sistema que las hace inevitables.