La negociación del convenio de la industria del metal en la provincia de Pontevedra ha revelado que, por muy determinados y concienciados que estemos o por muchos que seamos, si no nos estructuramos y planificamos nuestras acciones, estaremos dando batalla con una mano en la espalda.
El sector aún conserva una cultura de movilización, trabajada durante décadas en astilleros, talleres y empresas auxiliares que dependen de una cadena productiva cada vez más fragmentada y que ha reducido el número de empleos en el sector por el cierre de empresas. Sin embargo, esa cultura no basta cuando la dirección del conflicto se mueve entre el acuerdo rápido de las centrales mayoritarias y la gesticulación de la CIG.
La patronal ha hecho lo que le corresponde como representación organizada del capital: defender sus márgenes, ordenar los tiempos de la negociación y conceder lo mínimo necesario cuando la presión en la calle empieza a amenazar la normalidad productiva. Lo llamativo no es que la patronal actúe como patronal, sino que los obreros acudan una y otra vez a las mesas sin una estrategia capaz de convertir la fuerza dispersa de las plantillas en una posición negociadora coherente y contundente.
En 2026 la huelga ha aparecido casi como un automatismo del sector, más heredado que preparado. Ha habido manifestaciones importantes en Vigo y paros con seguimiento, pero la negociación no pareció articularse sobre un análisis de fuerzas, despliegue en los centros de trabajo, diálogo para conocer el estado moral de las plantillas o determinar qué reivindicaciones son asumidas colectivamente. Se presionó mientras se negociaba, pero no siempre como dos partes de un mismo plan. Y, cuando el preacuerdo llegó, el debate volvió a reducirse a la firma de unos y al descuelgue de otros. La valoración de nuestros interlocutores pivota entre la victoria histórica y la traición absoluta. Curiosamente, ambos comparten la reflexión de situarse en el lugar correcto dentro de este conflicto. La CIG ha denunciado los límites del acuerdo, pero dicha denuncia se erige como impostura cuando la combatividad se despliega únicamente al cierre de una negociación que ya ha sido encauzada por otros. CCOO y UGT, por su parte, podrán presentar avances parciales, pero son claramente insuficientes. El lugar correcto, por cierto, es el de conseguir que las plantillas vuelvan a ser las protagonistas de sus propias luchas, hombro con hombro, clase contra clase, por encima de siglas sindicales y de logos de empresas estampados en la ropa de trabajo. Caminemos en esa dirección.