El calor también tiene clase: vivienda, urbanismo y reproducción de la fuerza de trabajo

Con la llegada del verano son múltiples las instituciones y los medios que nos atiborran de consejos para prevenir los riesgos para nuestra salud de la exposición a las altas temperaturas. Entre las múltiples pautas a seguir, siempre me llama la atención aquella de «refúgiese en lugares frescos». Aunque simple y concisa, me parece que refleja a la perfección una de las mayores victorias mentales del capitalismo: hacernos pensar que multitud de aspectos de nuestra vida dependen de decisiones individuales y que, por tanto, solo es cuestión de voluntad. No obstante, nuestra vida y nuestra salud es mucho más compleja.

La salud es cuestión de clase. Detrás de los múltiples hábitos que mejoran nuestra salud existe una serie de condiciones de vida que, si no posibilitan, al menos facilitan el poder adoptar dichos hábitos. Y es que, cuando se habla de hasta diez años de diferencia de esperanza de vida entre distintos barrios de Madrid, el factor diferencial no fue el nivel de voluntad de sus habitantes para llevar un estilo de vida healthy, sino las enormes diferencias de renta que lo hacen posible.

Con el calor ocurre lo mismo. Cuando hablamos de lugares frescos en los que refugiarnos en plena ola de calor, nuestra respuesta variará si estamos entre aquellos que pueden mantener en casa el aire acondicionado encendido durante gran parte del día o si estamos entre, según datos del INE, los 4’2 millones de personas en situación de pobreza en España que no pueden mantener su vivienda lo suficientemente fresca en verano. De esta forma, el capitalismo convierte un mismo fenómeno meteorológico en una experiencia profundamente desigual según la posición de clase.

Sin embargo, la cuestión va más allá de la mal llamada «pobreza energética». Según un estudio reciente de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), en barrios desfavorecidos de ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia las probabilidades de padecer temperaturas más altas aumentan respecto a las zonas con una mayor renta. La respuesta se encuentra fácilmente al pasear por cualquiera de estos barrios más humildes: gran densidad de edificios y falta de zonas verdes que hacen que las temperaturas sean más elevadas.

Así, cuando decimos que el calor es también una cuestión de clase no solo hablamos de la diferencia adquisitiva entre las diferentes clases, sino de que la configuración arquitectónica de los barrios responde también a lógicas propias del capitalismo, a la lógica de acumulación del capital. Cuando la planificación urbanística responde a intereses especulativos y de enriquecimiento de unas pocas manos y no al interés general de los trabajadores, los resultados son barrios con viviendas con poca eficiencia energética, mal aisladas y donde los parques y árboles son un rara avis entre los ríos de asfalto.

En julio de 1995, una ola de calor azotó Chicago y provocó la muerte de más de 700 personas. En su investigación, Eric Klinenberg corroboró cómo efectivamente el calor afectó de forma desigual en esta ola: ocho de las diez áreas urbanas con tasas de mortalidad más elevadas contaban con altos niveles de pobreza. Sin embargo, lo sorprendente de esta investigación fue el hecho de que otros tres barrios vulnerables se encontraban entre aquellos con menor tasa de mortalidad. El factor común en estos barrios fue lo que Eric Klinenberg llama «infraestructura social», esto es, la existencia de amplios vínculos entre sus habitantes, con presencia de extensas redes comunitarias, y experiencias asociativas. En definitiva, relaciones y espacios colectivos que protegieron a la población trabajadora más vulnerable. Este elemento resulta especialmente importante porque nos permite ver que la organización colectiva no es una herramienta para transformar las condiciones sociales únicamente en el futuro: también puede contribuir a proteger las vidas de la clase trabajadora en el presente.

El calor extremo puede matar por las condiciones materiales de una vivienda, pero también por el aislamiento social. Muchas de las personas más vulnerables ante una ola de calor se encuentran solas, sin una red que pueda detectar su situación o prestarles ayuda. Frente a esta vulnerabilidad, los vínculos que se construyen mediante la organización colectiva pueden convertirse en una forma concreta de protección. Organizarnos con nuestros vecinos no sustituye la necesidad de transformar las condiciones materiales que producen esta desigualdad, pero sí permite hacer frente colectivamente a sus consecuencias mientras luchamos por transformarlas.

Así, es necesario señalar la desigualdad en la temperatura que hay en tu domicilio en función de tu código postal, pero también la falta de espacios colectivos que permitan resistir mejor la emergencia climática. Si hoy tratamos de pensar en estos lugares, esta función ha quedado prácticamente relegada a los centros comerciales y otros espacios donde todo gira en torno al consumo, siendo incluso en ocasiones condición sine qua non para permanecer en ellos. Frente a esto, hacen falta espacios que sirvan exclusivamente para la socialización o reunión: centros culturales, bibliotecas, espacios vecinales, centros sociales, etc. En pocas palabras, espacios que respondan a las necesidades de la clase trabajadora. Pero no basta con disponer de estos espacios: es necesario que existan vínculos organizativos que permitan convertirlos en herramientas al servicio de las necesidades de quienes viven en los barrios. La organización política, cultural y social de la clase trabajadora es también una forma de construir esa infraestructura social que hoy puede marcar la diferencia ante situaciones de emergencia.

El calor extremo pone de manifiesto la contradicción entre la producción capitalista del espacio urbano y las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo, lo que reafirma la necesidad de la lucha organizada de la clase trabajadora no solo para crear un modelo diferente de vivienda, urbanismo y servicios públicos, sino también para defender nuestras condiciones de vida en el presente. La organización independiente de nuestra clase a través de organizaciones de masas permite disputar las condiciones materiales que sufrimos y, al mismo tiempo, construir redes capaces de responder colectivamente ante sus consecuencias. Detrás de experiencias de organización vecinal como los Centros Obreros y Populares, la lucha contra la apertura de casas de apuestas en barrios obreros o la organización en contra del cierre de servicios públicos como bibliotecas o polideportivos, también existe de una forma u otra una lucha para generar espacios que permitan combatir mejor la emergencia climática; son experiencias que permiten recuperar vínculos colectivos frente al aislamiento al que nos empuja la sociedad capitalista y que, en situaciones como una ola de calor, pueden incluso contribuir a salvar vidas.  Existe un camino hacia un horizonte diferente, hacia una sociedad donde la planificación socialista de la vivienda, el urbanismo y los servicios públicos escape a las lógicas capitalistas y garantice las condiciones de vida dignas para la mayoría trabajadora.

Por todo ello, ante las altas temperaturas, nunca olviden hidratarse con frecuencia, evitar la exposición solar en las horas centrales del día, pero sobre todo, no olviden que organizarse junto a sus vecinos y sus compañeros de trabajo y estudios es una forma de luchar por una sociedad diferente y es también una forma de defender nuestras vidas aquí y ahora.