La Unión Europea ha encontrado una explicación extraordinariamente cómoda con la que prepararnos para la guerra: todo empezó el 24 de febrero de 2022. Antes, había paz, derechos y democracia. Un supuesto oasis de privilegio, una excepción de civilización en medio de un mundo salvaje lleno de depredadores en busca de una oportunidad para arrebatárnoslo. La guerra por Ucrania y la amenaza rusa (encarnación de todo lo contrario a «nuestros valores») nos despertaron de nuestra ingenuidad. Para defender este vergel, Europa tiene que estar preparada, especialmente si nuestro principal aliado al otro lado del Atlántico es un lunático impredecible. Necesitamos «autonomía estratégica», es decir, capacidad militar propia que nos permita defendernos de todas las bestias que acechan más allá de nuestras fronteras. Es el momento de rearmarnos, de recuperar los fusiles que, al parecer, no sabíamos dónde habíamos dejado después de tantas décadas sin usar.
Hay que reconocerle una virtud a este relato. Permite presentar como inevitable el mayor salto del gasto militar europeo en décadas. Las cifras dejan poco espacio para la ironía.
En 2025, los 27 Estados de la Unión Europea gastaron 418.000 millones de euros en defensa, un 20 % más que el año anterior. Para 2026, la Agencia Europea de Defensa calcula unos 454.000 millones, un 75 % más que en 2021. Al mismo tiempo, distintos Estados miembro han recuperado o ampliado mecanismos de reclutamiento obligatorio y buscan normalizar la preparación militar entre la juventud, también en escuelas y universidades.
Cuando intentan que asumamos la guerra como algo impuesto desde fuera e inevitable, conviene discutir el marco y sacar nuestras propias conclusiones.
El capitalismo necesita un aparato militar permanente
La violencia es consustancial al capitalismo. En el capitalismo monopolista, los grandes capitales necesitan del poder de sus Estados para garantizar el orden social dentro de sus fronteras y defender sus intereses fuera. Mercados, materias primas, rutas comerciales y esferas de influencia se aseguran por los medios que sean necesarios.
La burguesía puede actuar como una clase relativamente unida frente a los trabajadores y, al mismo tiempo, competir ferozmente por el reparto del mundo. Esa contradicción se agudiza cuando el desarrollo desigual del capitalismo permite que una potencia cuestione las posiciones adquiridas por otras. Entonces, la disputa económica puede convertirse en sanciones, guerras comerciales, bloqueos, carreras armamentísticas y, llegado el caso, guerra abierta.
Por eso ninguna gran potencia capitalista puede renunciar a disponer de fuerza militar, propia o garantizada por sus alianzas. Quien pretende conservar su posición (o conquistar otras) necesita capacidad para respaldar políticamente sus intereses. El ejército no aparece cuando comienza la guerra: tiene que existir antes y después.
Ahora bien, esto no significa que el gasto militar aumente de forma lineal; tiene aceleraciones y frenazos.
La guerra de Ucrania y la militarización
Tras la caída de la URSS y del bloque socialista, los países capitalistas disfrutaron del «dividendo de la paz». Durante los años noventa se redujeron presupuestos, efectivos y reclutamientos obligatorios. Esa reducción fue posible, entre otros factores, por la desaparición de la principal amenaza para el capitalismo y los enormes espacios que se abrieron a la expansión del capital: nuevos mercados, recursos e industrias privatizadas, rutas que hasta ese momento habían estado vetadas para los monopolios y áreas de influencia post-soviéticas. Este frenazo militar no supuso un desarme de las potencias imperialistas y las guerras continuaron.
En Europa, la construcción de una capacidad militar propia precede a la guerra de Ucrania. En 1999 la UE acordó desarrollar una capacidad de «acción autónoma» respaldada por fuerzas militares creíbles. En 2004 creó la Agencia Europea de Defensa. Desde 2014, tras la anexión rusa de Crimea, comienza un ciclo sostenido de aumento del presupuesto. A partir de 2017, esa tendencia adquiere además una arquitectura institucional propia. Más gasto militar, desarrollo de capacidades comunes y nuevos instrumentos para financiar investigación, tecnología e industria militar.
La guerra de Ucrania, por lo tanto, no inicia el rearme de Europa –que nunca ha estado desarmada–, sino que actúa como catalizador. Convierte una tendencia previa en urgencia política, revela carencias en el bloque europeo y elimina muchas de las resistencias que todavía limitaban el aumento del gasto. La coyuntura explica la velocidad, pero la intensificación de la competencia imperialista marca la dirección.
Tras 2022 se produce el salto cualitativo. Ya no se trata simplemente de que Defensa compre más armamento, sino que la UE debe reorganizar parte de su economía para poder producirlo de manera permanente y a mucha mayor escala. Adopta su primera Estrategia Industrial Europea de Defensa, impulsa compras conjuntas y aumentos permanentes de producción, aprueba el Programa Europeo de la Industria de Defensa (EDIP) y, con Readiness 2030, plantea movilizar hasta 800.000 millones de euros, incluidos hasta 150.000 millones en préstamos europeos.
Para financiarlo, se modifican también las reglas que organizan el resto de la economía. Se flexibilizan los límites fiscales para facilitar el gasto militar, el Banco Europeo de Inversiones amplía su financiación de proyectos de defensa, se moviliza capital privado y se impulsa una industria armamentística continental menos dependiente de proveedores exteriores.
Preparar a la población para la guerra
No obstante, una guerra no se sostiene solo con fábricas, créditos y armas. Necesita soldados, reservas y una sociedad capaz de sostener el esfuerzo militar.
Alemania ha recuperado mecanismos para identificar potenciales reclutas mediante cuestionarios y reconocimientos, inicialmente dentro de un modelo voluntario que contempla avanzar hacia la obligatoriedad si no se alcanzan los efectivos necesarios. Francia estrenará un nuevo servicio nacional; Croacia ha recuperado el reclutamiento obligatorio; Dinamarca lo ha ampliado y Polonia aspira a disponer de fuerzas cercanas al medio millón de militares y reservistas.
La preparación comienza incluso antes de la edad de reclutamiento. En Polonia, militares participan ya en programas dentro de las escuelas; Francia habla abiertamente de un «rearme humano y moral de la Nación». La propia Unión Europea plantea preparar a «toda la sociedad», combinando capacidades civiles y militares.
El rearme adquiere así una dimensión que excede los presupuestos y vuelve a colocar sobre la mesa quién debe ser formado, movilizado y, llegado el caso, enviado a combatir. Y, con ello, cómo conseguir que esa posibilidad vuelva a ser socialmente asumible.
La utopía de la autonomía estratégica y la democracia europea
Para hacer aceptable esa transformación, Gobiernos conservadores, socialdemócratas y sectores de la izquierda europeísta convergen en un mismo marco. Europa debe estar unida para defender la democracia. Debe producir y comprar sus propias armas. Debe reducir su dependencia de capital y tecnología extranjeros. Debe construir un mercado militar único. Debe ser capaz, en definitiva, de actuar autónomamente. Todo lo demás, nos dicen, son utopías.
Este nuevo kautskismo armado (la vieja ilusión de que la competencia entre potencias puede resolverse pacíficamente) presenta como sentido común una fantasía: que los monopolios europeos unidos y armados dejarán de comportarse como monopolios; que la competencia interimperialista desaparecerá ante un ejército de Europa armado hasta los dientes para garantizar la paz y los «valores europeos». Utópicos, los demás.
Y la socialdemocracia en nuestro país no ha tenido problema en aceptar y abrazar el clima belicista, pese a lo que digan: defender la autonomía estratégica europea frente a otras potencias y bloques imperialistas, defender la integridad territorial española, considerar a Marruecos un «vecino incómodo», firmar aumentos récord del gasto militar, etc.
Internacionalismo proletario frente a la unidad nacional
España no se encuentra al margen. Aunque hasta la fecha no haya anunciado un plan gubernamental para recuperar la mili, participa plenamente del rearme europeo y el debate sobre reclutamiento, reservas e industria militar vuelve a abrirse. Es de interés nacional, dicen. Y, una vez invocada la nación, cualquier otro interés debe desaparecer.
Pero los intereses de la clase obrera no son los de los monopolios españoles ni europeos. El trabajador ruso, chino, estadounidense, francés o alemán no es nuestro enemigo porque sus burguesías disputen mercados, rutas o esferas de influencia. Si esa competencia desemboca mañana en guerra, serán trabajadores quienes produzcan las armas, financien el esfuerzo militar y sean enviados a matar a otros trabajadores.
Frente a la «unidad nacional» y la disciplina de bloque, la posición comunista exige independencia de clase, oposición al reclutamiento al servicio de intereses imperialistas, rechazo de la militarización de la juventud y defensa del internacionalismo proletario.
Ninguna bandera convierte las aspiraciones de quienes poseen los monopolios en las de quienes acabarán poniendo los muertos.