El contraste entre las vidas que vive la mayoría trabajadora y las que viven los grandes empresarios y los gestores políticos capitalistas suele resultar patente para esa mayoría. A unos nos preocupa llegar a fin de mes, no quedarnos sin trabajo o sin casa, pagar el alquiler o la hipoteca y las facturas, no enfermar, que nuestros hijos e hijas tengan todo lo necesario… mientras otros crecen y viven sin preocupaciones, sin agobios, y con muchas certezas.
Uno o una, que va tratando de salir adelante como puede, en realidad no suele tener esa línea divisoria muy presente en la cabeza en medio de su vorágine diaria. Pero de repente, mientras lee la prensa o ve el telediario, se cuela un titular: unas pocas palabras que le recuerdan las vidas tan ajenas a la suya que viven los dueños de Repsol, el Santander o Iberdrola. Se para a pensar en cuántos minutos tarda esta gente en ganar lo que a él o ella le costaría varias vidas. Luego, otro titular le recuerda cómo se va de rositas ese empresario o político corrupto mientras él o ella se esfuerza –no poco– en hacer las cosas bien y cumplir con sus obligaciones. Frustración, rabia, enfado.
Y, pese a todo, la escenificación que suponen los procesos electorales en el parlamentarismo burgués consiguen aplacar o difuminar esa idea intuitiva. El ritual se repite y, cada cuatro años, muchos acaban siendo convencidos de que, esta vez sí, si introducen en la urna la papeleta de X partido las cosas cambiarán. En el fondo casi todos saben que no cambiarán mucho, pero oye, tal vez un poquito…
Pero hay algún momento en que el guion se tuerce: a un empresario o político corrupto lo pillan y va a la cárcel, o sucede una tragedia que golpea a todos por igual, sin distinguir entre clases sociales. El accidente de tren de Urda ha sacudido la precampaña electoral. Como ocurre en la propia campaña casi permanente en que vivimos, cada actor principal ha jugado sus cartas desde el minuto uno. El Gobierno, con las declaraciones de Óscar Puente la misma mañana del accidente, no perdió el tiempo en señalar a un único individuo, igual que hizo el PP con el maquinista del Alvia que descarriló en Angrois en 2013. Feijoo sale presto a criticar el hecho de que el Gobierno haya buscado rápidamente un culpable y haya exonerado el contexto y las deficiencias estructurales del sistema –denunciadas en repetidas ocasiones por los trabajadores del sector–, porque ahora es lo que le conviene, cuando en realidad su partido hizo exactamente lo mismo hace trece años.
La sociedad burguesa transcurre plácidamente en su cotidianidad hasta que, de vez en cuando, algún suceso la hace tambalearse de forma violenta. La pandemia del covid, el genocidio en Gaza, la dana en Valencia, el gran apagón, la entrada de migrantes en Ceuta, el desahucio de Maricarmen, el accidente de tren de Urda… Son momentos en los que al capitalismo se le ven las costuras, se evidencian de forma más nítida muchos elementos que en el día a día están solo latentes. De pronto, resulta que los recursos sí pueden disponerse de una manera diferente para cubrir las necesidades sociales (las de todos, sin pelearnos entre último y penúltimo), por ejemplo, asegurando un mantenimiento adecuado en la red ferroviaria o no saturando las vías por la búsqueda incesante de lucro. Resulta que la mayoría trabajadora está más expuesta a los riesgos en su trabajo y su vida (subirse al metro en mitad de una pandemia o simplemente subirse a un AVE es un riesgo). Resulta que es la que hace que todo funcione (incluidos los servicios de emergencia en una catástrofe) y es la más solidaria cuando se trata de arrimar el hombro. Y, entonces, en esos momentos imaginamos cómo sería esa otra sociedad, en la que no todo estuviera regido por el lucro, por la inmediatez del beneficio de unos pocos sobre las vidas de la mayoría.
Lo triste es que tras esos momentos el capitalismo suele encontrar la manera de desdibujar esa otra sociedad que por un momento imaginamos y logra encauzar o aplacar las quejas y las protestas. Trata de que volvamos al redil. Este 11 de noviembre tenemos una magnífica oportunidad para negarnos a ello, para organizarnos y parar sectores esenciales de la economía pensando precisamente en que somos capaces de construir esa otra sociedad distinta. ¿Quién puede mantener los trenes detenidos hasta que de verdad se tomen medidas contundentes para garantizar que no vuelva a repetirse una tragedia con decenas de muertos? ¿Quién puede dejar de fabricar armas para las guerras de medio mundo? ¿Quién puede evitar que desde nuestros puertos se envíen esas armas a matar a otros trabajadores como nosotros a miles de kilómetros de distancia? ¿Quién puede cortocircuitar los sistemas informáticos con los que la gran banca hace su negocio? ¿Quién puede cerrar los colegios e institutos para obligar a las Administraciones a garantizar unas condiciones dignas para profesorado y alumnado en las aulas de todo el país? No son ellos y ellas; somos las trabajadoras y los trabajadores.
Podemos hacer algo parecido el 29 de noviembre. Podemos romper su consenso en torno a los beneficios de las grandes empresas, el negocio de la vivienda, la militarización de la economía, la escalada bélica y el sometimiento a todo ello de la mayoría trabajadora. Podemos romper ese consenso dejando de meter en la urna la papeleta de cualquiera de los partidos que, en el fondo, coinciden en que todo siga así, sea por la vía más explícita de las palabras o por la vía de los hechos (u omisión de hechos). Las urnas pueden arrojar un resultado que demuestre que cada vez somos más quienes confiamos en que no hay futuro en el capitalismo y que el socialismo-comunismo es una exigencia de nuestros tiempos.
Y, sobre todo, podemos hacer lo mismo el día 30. Cuando ese día y las semanas y meses siguientes constatemos que, disipado todo el humo de la campaña electoral, seguimos teniendo exactamente los mismos problemas que teníamos antes, nos tocará dar un paso al frente, organizarnos, ser consecuentes con esa idea que siempre intuimos –sus vidas y las nuestras tienen poco que ver– y llevarla a la práctica aspirando a construir una sociedad que responda a las necesidades de las vidas de la mayoría.
Todos esos serán momentos de un mismo proceso: la construcción de una oposición obrera, al capital y sus Gobiernos, a la reacción y al mal menor. Hoy, más que nunca, queda claro que nos va la vida en ello.