Parece ser que la mayoría de quienes votaron el 28A lo hicieron movidos por el miedo. El miedo a la posibilidad de un “tripartito de derechas”, el miedo a que pueda “romperse España”, el miedo a quedarse sin pensión, el miedo a perder derechos…

Curiosa “democracia” ésta en la que se vota más contra otros que sobre la base de convicciones o de principios ideológicos. Curiosa, pero efectiva. A pesar de la evidente manipulación a la que nos someten continuamente los partidos capitalistas, se ha constatado de nuevo que una inmensa mayoría de trabajadores y trabajadoras de nuestro país apoya a fuerzas políticas que no sólo han demostrado —recientemente— su lejanía de los intereses y problemas que acosan a la mayoría trabajadora, sino que han ejercido históricamente el papel de directores y ejecutores de los planes más agresivos de la burguesía contra la clase obrera y los sectores populares.

En un escenario así la apuesta por la alternativa comunista, por empezar a construir ese país para la clase obrera que el PCTE ha perfilado mínimamente durante la campaña electoral, es un ejercicio de consciencia y de valentía digno de elogio y, cómo no, de agradecimiento.

A los cerca de 15.000 votantes del PCTE no los ha engañado nadie. No hemos jugado al equívoco con otras siglas, a pesar de que nuestras siglas prácticamente no las conocía nadie. Tampoco hemos jugado al equívoco con nuestro programa, ni hemos ocultado que hablamos de una España socialista-comunista cuando nos referimos a un país para la clase obrera. Pero nuestra aspiración es que esos 15.000 sean, más pronto que tarde, millones de trabajadores y trabajadoras organizados para ponerle fin al capitalismo, no para maquillarlo.

No nos hacemos falsas ilusiones, 15.000 no son millones, pero son una referencia, un termómetro que nos permite poner los pies en la tierra y medir adecuadamente la magnitud de las tareas que debemos afrontar en los terrenos organizativo, político e ideológico. A nadie se le escapa que hay mucha tarea por delante, que el giro obrero del que tanto hablamos debe acelerarse y desarrollarse en todos los planos para que la lucha consciente en un centro de trabajo o en un sector se transforme en fortalecimiento del Partido Comunista y de la lucha revolucionaria, y no en una mera apuesta por el mal menor cada vez que se eligen diputados. Esa dinámica, que obedece a la ausencia de un posicionamiento ideológico definido, ha terminado siempre por hacer preponderantes los objetivos electorales frente a cualesquiera otros en organizaciones pretendidamente revolucionarias, y es una enseñanza que ni podemos ni queremos olvidar.

Ahora, una vez cubierta la primera mitad del prolongado ciclo electoral en que decidió meternos Pedro Sánchez, no se vislumbran buenos tiempos para la mayoría trabajadora de nuestro país. El falso frente antifascista con el que se ha venido insistiendo desde el 2 de diciembre, y que ha impregnado de llamamientos al voto útil la campaña electoral, sólo ha servido —de nuevo— para fortalecer y blanquear al PSOE, que ahora tiene las manos libres para decidir si pacta a su derecha o a su izquierda.

La conclusión final de este episodio electoral posiblemente no se conozca hasta que pase el 26 de mayo. Una decisión u otra puede tener costes electorales en ayuntamientos y CCAA para unos y otros, pero está claro que va a haber que luchar duro en todos los escenarios, sobre todo cuando se avecina una nueva fase recesiva en la economía que generará más dolor y sufrimientos a la mayoría trabajadora. Pero sobre todo porque nosotros sí tenemos claro que, por muchas motos que venda, la socialdemocracia nunca termina con la explotación de la clase obrera, sino que la perfuma y la decora.

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