El ciclo electoral que acaba de terminar nos deja un escenario político en el que son previsibles nuevos ataques contra los derechos obreros y populares y donde el desplome de la nueva socialdemocracia va a generar movimientos políticos de interés.
Los resultados del 28A y del 26M, leídos en conjunto, suponen la apertura de un nuevo ciclo político que se caracteriza básicamente por la consolidación del PSOE, que comienza —nuevamente— a fagocitar a las fuerzas que han hecho de la aspiración de ser su muleta izquierda en las instituciones su única baza electoral y, casi, su razón de ser. Un nuevo ciclo, pero no un ciclo desconocido para quienes conservamos la memoria de las últimas décadas.

Son ya muchos los ejemplos en la Historia reciente —en España y en el extranjero— de lo que supone que las fuerzas oportunistas se alíen con la vieja socialdemocracia, sea esta alianza bajo la forma de coalición o de apoyo externo. Los nuevos socialdemócratas tuvieron su momento de mayor auge cuando fueron los abanderados de la oposición a las prácticas y objetivos del PSOE. Cuando han optado, tres años después, por ofrecerse como fuerzas responsables y de gestión, como meras muletas, han sufrido un tremendo varapalo electoral, perdiendo millón y medio de votos en las generales pero, sobre todo, miles de concejales y decenas de diputados autonómicos, lo que va a suponer un agravamiento en las peleas internas en todo eso que se ha llamado “espacios de confluencia”.

En el flanco derecho de las fuerzas capitalistas el PP se mantiene en cabeza pero muy debilitado. Sus posibles gobiernos pasan —en buena parte— a depender de Ciudadanos y de Vox. La marcha de las relaciones entre estas tres fuerzas va a determinar los equilibrios políticos en el próximo período, pues la ausencia de claras mayorías ofrece múltiples opciones de pactos y, con ellas, de acuerdos, traiciones y posibles adelantos electorales.
Una conclusión que arroja este ciclo electoral es que el bipartidismo se recupera. Tras el vendaval de la crisis, donde los recortes —entre otras cosas— llevaron al cuestionamiento de la hegemonía en el flanco izquierdo del capitalismo —principalmente—, hoy la recuperación capitalista y el tema territorial generan turbulencias en su flanco derecho, pero sin que ello esté suponiendo nada más que una flexibilización de la forma de dominación capitalista en nuestro país. Los actores entran y salen, las caras rejuvenecen, los nombres cambian, pero el guión sigue siendo sustancialmente el mismo.
En este sentido, tras la retórica que siguió a la moción de censura de hace un año, el PSOE ha vuelto a desenmascararse como garante de los intereses capitalistas cuando ha declarado, en boca de la ministra de Economía en funciones, que no va a haber derogación alguna de la reforma laboral y cuando Sánchez anuncia un nuevo Estatuto de los Trabaajdores “adaptado al siglo XXI”, lo que únicamente se puede entender como la legalización de las nuevas formas de sobreexplotación y, con ello, la enésima traición a la mayoría trabajadora.

Cuando decimos que no se debe dar ninguna confianza a la socialdemocracia, lo decimos por algo. Las migajas y las promesas vagas a la mayoría trabajadora han servido para confirmar al PSOE en el Gobierno y, de paso, debilitar a su muleta. Ahora, una vez reforzados y con las manos libres para gobernar con quien quieran, desplegarán una política contra la misma mayoría trabajadora a la que han engañado.

Es el juego clásico de la socialdemocracia al que han contribuido, para su vergüenza, todas aquellas fuerzas que, dentro y fuera del arco parlamentario, han actuado bajo la consigna del “frente democrático” o del “frente antifascista”. Todos aquellos que, ante este ciclo electoral, y en ocasiones desde la ultraizquierda, han llamado a votar “contra el fascismo”, son hoy responsables del éxito del PSOE y habrán de cargar con esta responsabilidad en lo venidero.

Pero además, de este ciclo electoral surgen otras dos realidades incontestables. Una es que el proyecto de la UE sigue siendo visto favorablemente por la población española. Otra es que el voto comunista es tremendamente débil.

La constatación de estas realidades no debe conducir al desánimo, pero sí motivar una reflexión seria y profunda sobre cómo debe ser nuestro trabajo en el nuevo ciclo político que se está abriendo. Es necesario avanzar con rapidez, pero sobre bases sólidas, en la popularización de la propuesta política del PCTE, que se expresa no sólo en la posición sobre la UE, sino en la lucha cotidiana en los centros de trabajo, en el terreno sindical, en los barrios y en los centros de estudio contra una socialdemocracia fortalecida y capaz de hacer mucho daño.

Insistimos en que no hay recetas mágicas ni soluciones simples. Para los comunistas se abre un período en el que esencialmente toca hacer política de verdad, dar pasos reales y sólidos en la organización de la clase y el pueblo trabajador, exponer nuestras propuestas ante cada vez más compañeros y compañeras, hacer realidad, y sin demora, el giro obrero para avanzar hacia un Partido más fuerte, capaz de generar una alternativa real, y no testimonial, a las fuerzas capitalistas.

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