Huawei, en China.

Vivo en un país donde los problemas de Huawei son asunto de Estado y sus éxitos una parte importante del orgullo popular. Nada diferente a la afrenta que siente el nacionalismo español de pulserita cuando el debate público cuestiona los negocios de Inditex, si no fuera porque China es oficialmente un país socialista y Huawei un conglomerado privado bajo gestión de un antiguo militar chino, que ha trasladado la disciplina castrense a la gestión de su plantilla.

El pasado mes de mayo, Donald Trump, en el marco de la guerra comercial con China, subió los aranceles sobre los productos chinos al 25% y prohibió cualquier negocio con Huawei, bajo el pretexto aún sin demostrar de que el oligopolio chino colabora con los servicios de inteligencia del país asiático. Curioso, en el país desde el que la NSA practica el espionaje universal. Tras la directiva de Trump, Google, matriz del sistema operativo Android con el que funcionan la mayoría de móviles del mundo, incluyendo los Huawei, así como varias empresas de semiconductores o microchips, sectores en que la producción doméstica china está retrasada, cancelaron sus contratos con la compañía china.

Lo que hay de fondo es la ventaja de tres años que Huawei lleva al resto de tecnológicas del mundo en la futura red 5G. Competencia capitalista, en definitiva, y el capital chino lleva ventaja. Las sanciones estadounidenses pretenden retrasar el desarrollo de la red de Huawei, rompiendo la cadena de suministros. Nunca pensé que fuese a vivir para ver a Estados Unidos lanzar una guerra de guerrillas como si fuese un enemigo menor.

Pero, ¿cómo se han vivido estas noticias desde China? La mejor forma de definirlo es como histeria nacionalista. Huawei es, en la mentalidad del ciudadano de a pie, una especie de encarnación del éxito del modelo chino, una compañía que —como la propia nación— pasó de la debilidad a recuperar su lugar en el mundo, de fabricar baratijas a ser la vanguardia del desarrollo. La ejecutiva de Huawei retenida por Canadá, a la espera de una posible extradición a Estados Unidos por violar las sanciones extraterritoriales a Irán, es para el público chino un “rehén” que demuestra la arbitrariedad e hipocresía de Occidente. Razón no les falta, pero el mismo criterio podría usarse para describir la reciente condena a muerte de dos canadienses en China, poco después de la detención de la ejecutiva.

Como anécdota, un restaurante de mi ciudad ha colgado un cartel anunciando un suplemento del 25% a los clientes estadounidenses. Cualquier duda, dicen, pregunten en la embajada norteamericana.

El fervor patriótico está, desde luego, vinculado al discurso oficial en la opinión publicada. El principal diario chino expone estos días que la actual guerra comercial es en realidad una nueva “guerra popular” de todo el pueblo chino, que debe unirse tal como en los años 40 para luchar contra el enemigo. Lo cierto es que la prostitución del término ya venía siendo una constante del maoísmo internacional desde los años 60, pero —quizás por ingenuidad— sorprende ver ese enunciado junto a una tabla de exportaciones.

Xi Jinping, presidente chino, visitó recientemente el Sudeste del país. Allí comenzó la Larga Marcha en los años 30. La prensa China tradujo el significado como un mensaje para Huawei: a veces, las historias de éxito comienzan por una retirada.

Pero el mandatario, más allá de analogías surrealistas, tuvo un mensaje más explícito. Hizo una visita a las canteras de tierras raras, elementos químicos esenciales para la producción de tecnología moderna. China posee el 80% de la producción mundial y Estados Unidos es totalmente dependiente de ella, tanto para la fabricación de electrónica como de armamento. El discurso, con formas muy protocolarias, fue que China debe regular mejor su producción, con respeto al medio ambiente y especialmente en un sector que no es renovable.

Mientras tanto, la televisión estatal lleva tiempo rellenando su parrilla con películas sobre la Guerra de Corea, conflicto en que Estados Unidos y China —una China sustantivamente diferente, entonces— se enfrentaron militarmente de forma directa.

Más allá de la propaganda y de las analogías, de las acusaciones de espionaje y de hacer partícipe a la población de los conflictos de intereses de las oligarquías, estamos ante un conflicto comercial entre dos potencias donde imperan las relaciones de mercado. Para la clase obrera de cada lado, nuestros intereses no van con ninguno en este enfrentamiento: ni con la nación de Huawei, ni con la de Apple.

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