Los resultados obtenidos por VOX el pasado 10 de noviembre confirman que la extrema derecha ha llegado a España para quedarse. El partido liderado por Santiago Abascal ha alcanzado un porcentaje electoral del 15,09%, con 3.640.063 votos. En realidad, nunca se han ido. Vox es una escisión del Partido Popular y, junto a él, ha cosechado 8,6 millones de votos. Si se quiere, sumando los votos de Ciudadanos, las derechas obtienen 10,3 millones de votos, los mismos obtenidos en su día por el PP de Jose María Aznar, situándose por dejado de los 10,83 millones de sufragios logrados por Mariano Rajoy.

A la vista de los resultados, podríamos decir que nada ha cambiado. Pero nos estaríamos equivocando. El cambio operado en la derecha está a la vista de todos y basta con las salir a la calle para apreciarlo. La extrema derecha se ha pasado décadas hibernando en las filas de AP primero y del PP después. Ahora han despertado y se han convertido en una fuerza política independiente. No se tratará de un fenómeno político pasajero, como puede ser el caso de Ciudadanos. A los de Albert Rivera les han destrozado los mismos que en su día les pusieron en pie y, tras la fallida investidura de Sánchez, los grandes capitales que promocionaron a Ciudadanos tomaron la decisión de presionar el detonador.

Con Vox, la cosa es distinta. Durante la crisis capitalista del periodo 2008-2014 las fuerzas de la pequeña burguesía dieron a luz a la nueva socialdemocracia. Millones de personas creyeron en las falsas ilusiones sembradas desde tertulias y plazas. Pero ninguno de los problemas reales del pueblo encontró solución. Se ocuparon escaños, pero se vaciaron las calles. Hoy todo apunta al estallido de una nueva crisis económica o, cuando menos, a un largo ciclo de estancamiento y todo ello en un contexto internacional marcado por una fuerte pugna interimperialista.

Ese es el caldo de cultivo en el que Vox cobra fuerza. Detrás de bambalinas, hay grandes capitales que han decidido garantizar su poder por todos los medios. Y eso representa Vox: el programa de máximos de la burguesía. No se plantean el derrocamiento de la democracia burguesa, y en ese sentido no se trata de una fuerza nazi-fascista, pretenden utilizarla y adaptarla para la defensa de los intereses que representan.

Galopan sobre el discurso del odio. Y seguirán creciendo, hasta el día en que la clase obrera también ponga sobre la mesa su programa de máximos.

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