“08:15, entro en el andén, me coloco la mascarilla mejor y oigo llegar el tren. Una mañana más, me monto en un vagón abarrotado, intentando no pisar a nadie, con mi carpeta llena de currículums: hoy toca probar suerte en ese centro comercial que está a diez paradas. Tengo sueño y bostezo, alguien tose y se crea el silencio, algo incómodo, sí, pero sobrecogedoramente comprensivo…”

Este podría ser el inicio del relato de prácticamente cualquier joven que, tras acabar sus estudios y con las dificultades acrecentadas debido a la crisis económica que tanto ha acelerado la pandemia, trata de buscar trabajo en cualquier ciudad de nuestro país. La juventud obrera se ha visto especialmente afectada estos últimos meses, ya que la crisis de la COVID-19 ha ahondado aún más en su inseguridad laboral, viéndose atrapada en contratos de prácticas (casi siempre no remuneradas) que enmascaran duras horas de trabajo, con dificultades para encontrar sitios donde estudiar y, además, defendiéndose del estigma social que gobernantes —intentando echar las culpas del nuevo repunte de contagios— le han cargado en la espalda. Sin embargo, más que contagiar, nosotros ya veníamos contagiados, pero de otro virus: del que nos ha puesto el apodo de Generación Perdida, del virus que nos ha intentado expulsar prematuramente de los centros de estudios y, tras eso, nos cierra las puertas de trabajos dignos.

Tanto es así que, en junio de 2020, el desempleo juvenil ascendió a un 40,8%, casi un 10% más que antes de la llegada de la COVID-19, mientras que los demandantes de empleo jóvenes se colocan en un 82,4% más que al inicio de la pandemia. Además, muchos de estos jóvenes acaban o están acabando sus estudios y, mientras encontramos que, en esta generación, dos de cada tres estudiantes trabajan, se va disparando el número de personas que no encuentran ocupación tras acabar los estudios: según datos de abril, hubo un aumento del 20,7% de jóvenes que ni estudiaban ni podían trabajar respecto al mismo mes de 2019 (donde, además, las jóvenes trabajadoras se ven especialmente afectadas). Esta es la carta de presentación de nuestra generación, una generación que recuerda cómo afectó a sus familias la crisis de 2008 y que, ahora que ha crecido, se ha encontrado con la actual.

Por si esto no fuese poco, nosotros, los jóvenes de este inicio de siglo, somos los que tenemos que gastar un 94% de nuestros ingresos en un alquiler, los que tenemos que pluriemplearnos —incluso sufriendo situaciones inhumanas por parte de nuestros empleadores— o pedir dinero a nuestros padres, los que, casi siempre, sufren también para llegar a fin de mes. Los que además acumulamos más de cinco contratos anuales, sin lograr estabilidad laboral, hemos tenido un papel protagonista ayudando a las capas populares afectadas por la pandemia y su crisis. Somos los que hemos estado junto a otras tantas familias trabajadoras en la organización de asociaciones o asambleas vecinales que luchaban por eliminar día tras día cada cola del hambre que se formaba en nuestro barrio, los que hemos dado clases gratuitamente a amigos, los que cuidábamos a nuestros mayores.

La juventud obrera tiene aquello que caracteriza a quien empieza a levantarse para labrar su propio futuro: una suerte de intuición solidaria, de esperanza por salir de este callejón en el que nos colocan los empresarios y sus títeres, un callejón donde reconocemos a otras tantas familias trabajadoras que sufren situaciones de necesidad por las injerencias que ha provocado el capitalismo en ellas, un sufrimiento que empezamos a vislumbrar desde hace unos años, y con el que no queremos contar para nuestro futuro. Esta conciencia, en unos, o intuición no tan desarrollada, en otros, es la que nos empuja a luchar contra cada ataque del capitalismo, esta es la conciencia de no querer dejarnos atrás, de no convertirnos en una generación perdida. Una intuición que está a una chispa de prender y pasar de conformarse con lo posible a elegir lo necesario.

Somos una generación que ha visto atacado su presente y peligrar seriamente su futuro. Una generación que, levantándose cada mañana, vuelve otra vez a bajar los escalones de ese túnel que le lleva al tren, esperando, por fin, salir y poder ver la luz de un futuro donde los esfuerzos de aquellos que les gobiernen vayan en busca de su emancipación, la calidad de su formación académica y su seguridad económica. Un futuro donde nuestros trabajos no se basen en las relaciones de producción actuales, trabajos que nos agotan física y mentalmente. Un futuro que solamente podemos garantizar si convertimos nuestra rabia en lucha organizada contra este sistema, un futuro en el que impongamos el nuestro, el socialista, donde seamos nosotros, los trabajadores, los que todo lo decidamos.

No Comments Yet

Comments are closed

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies