¿Sería ingenuo decir que el laboratorio farmacéutico que dé con una versión finalizada de la vacuna contra la covid-19 la pondría a disposición del conjunto de la Humanidad? ¿Que mirarían más por salvar vidas que por sus intereses económicos? ¿Que la repartirían desinteresadamente por todos los países sin contraprestación alguna? O, de no ser así, ¿no sería más cándido pensar que la OMS requisaría la patente, por ejemplo de alguna farmacéutica estadounidense, distribuyéndola igualitariamente, mirando más por el bien de todos que por los intereses de las multinacionales?

La ideología capitalista está tan dentro de nosotros que cualquier escenario de aniquilación distópica por las ganancias de unos pocos nos parece más factible que una salida colectiva. Pero no siempre ha sido así. Y ocurrió hace no mucho.

En 1958, el Viceministro de Sanidad soviético Viktor Zhdánov propuso a la Asamblea de la Organización Mundial de la Salud una iniciativa mundial global para erradicar la viruela, que se concretó en una campaña de vacunación masiva llevada a cabo de 1966 a 1980, acabando con este virus tan letal para los seres humanos. Una iniciativa que solo podía surgir por la presión del campo socialista, porque la ley fundamental que rige su sistema no es obtener la máxima plusvalía explotando a los trabajadores sino satisfacer las necesidades materiales y culturales del conjunto del pueblo.

¡Qué distinto de la carrera a zancadillas que están llevando a cabo farmacéuticas y gobiernos para lograr una vacuna eficaz contra el SARS-Co-2! La última semana de agosto, con el anuncio de avances médicos para lograr la vacuna contra la covid-19, las bolsas europeas ganaron un 2% (pasó lo mismo cuando Moderna anunció la respuesta inmune lograda con su vacuna el pasado 14 de julio). Por ejemplo, en España el IBEX 35 recuperó los 7100 puntos tras escalar un 1,82%. Su correlato en Alemania, el DAX, subió un 2,36%; en Francia, el CAC 40 incrementó 2,38%; y, en Italia, el MID un 2,1%. Es decir, no se trata de satisfacer las necesidades de salud del conjunto del pueblo, sino de obtener la máxima plusvalía para las farmacéuticas y sus capitales asociados. En el caso de España, también subieron los títulos de Repsol, Acciona, Banco Santander, BBVA… y es que una vacuna eficaz contra el SARS-Co-2 no solo puede dar beneficios a las farmacéuticas sino que permite seguir explotando a los trabajadores gracias a que los capitalistas podrían contar con una mano de obra sana, un sistema sanitario no colapsado que seguiría reproduciendo la fuerza de trabajo y la eliminación de los efectos de la pandemia en sus mercados que permitiría el consumo y, por tanto, el cierre de ciclo de rotación del capital mediante la venta de sus mercancías. Preocupación por la salud de las personas, ninguna. El problema es que si los trabajadores no están sanos no pueden seguir produciendo sus ganancias, ni generar la demanda de consumo necesaria que requiere el “mercado”. Se inicia así una lucha por lograr los máximos beneficios y a ello quedará subordinada nuestra salud.

Es en este contexto en el que hay que situar la lucha abierta que están llevando a cabo los distintos laboratorios farmacéuticos y gobiernos que buscan una vacuna contra la covid-19. Es el caso de británica AstraZeneca, empresa con la que la Comisión Europea ha cerrado un acuerdo por el que recibiría 300 millones de dosis, adhiriéndose España a la compra centralizada por la que percibiría 31 millones de ellas. Pero la CE no se lo ha jugado todo a una carta. También ha cerrado un acuerdo con la estadounidense Moderna, a la que compraría al menos 80 millones de dosis. Y está en vías de acuerdo con la franco-alemana Sanofi, la estadounidense Johnson & Johnson y la alemana Curevac. Cada gobierno capitalista intenta su acuerdo particular con una u otra compañía para no quedarse atrás en la competencia entre monopolios. Eso les podría causar profundas desventajas en el sistema económico mundial. Otros laboratorios se encuentran también en fase de pruebas y negociación de futuras distribuciones, como es el caso de Reithera (italiana) o CanSinoBio (china).

Una verdadera carrera de las farmacéuticas por lograr los máximos beneficios al ser las primeras en vender su vacuna. Y, de ahí, aparece todo el ruido en los medios contra la vacuna rusa Sputnik V desarrollada por el labotario Galameya, en fase de pruebas también. Más que debate sobre metodología de investigación bioquímica lo que ha habido han sido ataques mediáticos de unos monopolios contra otros dentro de la guerra abierta a nivel mundial entre grandes capitalistas.

Parece ser que a finales de 2020 o comienzos de 2021 podremos saber si contamos de forma segura con alguna de las vacunas desarrolladas. Sea como sea, se demuestra de nuevo cómo las relaciones de producción capitalistas impiden desarrollar las fuerzas productivas. ¿Qué sería del desarrollo de la vacuna contra el coronavirus sin capitalismo, con una total apertura de las investigaciones para que los científicos pudieran trabajar sobre los avances de unos y otros equipos? ¿Cómo sería un proceso de vacunación atendiendo a las necesidades del pueblo y no al lucro económico de unos pocos? ¿Es posible pensar hoy que la vacuna se extenderá por todos los países o solo por aquellos que convengan a los capitalistas? ¿Se primará la salud de las personas o más bien los beneficios empresariales?

Quizás una respuesta a todos estos interrogantes nos la pueda dar Cuba (que actualmente cuenta con su vacuna “Soberana” contra el SARS-Co-2 en fase de ensayos clínicos), cuyas brigadas médicas combaten el coronavirus en más de cuarenta países. Porque en el comunismo, se trata de poner la ciencia al servicio del pueblo y no de las grandes empresas; se trata de satisfacer las necesidades del pueblo, no de asegurar los beneficios del capital.

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