Sanidad pública: de los aplausos a las bofetadas

El aplauso a los sanitarios se convirtió en un símbolo durante las semanas de confinamiento entre marzo y abril de 2020. A las ocho de la tarde, millones de españoles se asomaban a sus ventanas o salían a sus balcones para aplaudir a los trabajadores de la sanidad, que estaban en primera línea luchando frente al virus, sin los medios necesarios, ni la protección suficiente.

Desde los medios de comunicación se ofrecía una gran cobertura y se animaba a estas muestras de solidaridad hacia aquellos “héroes”, como se les comenzó a llamar. Héroes que con su sacrificio y sus jornadas interminables ocultaban las carencias de un sistema público de salud, lastrado por años de recortes, conciertos y privatizaciones. Pero aquellos héroes demostraron, una vez más, que sólo el pueblo salva al pueblo.

En las semanas posteriores, las distintas administraciones anunciaron a bombo y platillo la contratación de miles de sanitarios para reforzar las mermadas plantillas. Los años de desmantelamiento de la sanidad pública parecían quedar atrás, pero solo fue un espejismo, como ese ingenuo dicho tan repetido por aquellas fechas que decía que “de la pandemia saldríamos mejores”.

Se fueron levantando las restricciones, se sucedieron nuevas olas, avanzó la vacunación y cuando lo peor de la pandemia parecía quedar atrás, los representantes políticos de los capitalistas comenzaron a prescindir de aquellos, a quienes homenajeaban poco antes. De este modo, cuando termine este año, en España se habrá despido a unos 28.000 sanitarios que se contrataron como refuerzo durante la pandemia. Es la mejor metáfora de un sistema que utiliza a los trabajadores como una mercancía más, que crea héroes de usar y tirar, que convierte los aplausos en bofetadas.

Sin embargo, los trabajadores de la sanidad pública son hoy tan imprescindibles como lo eran durante lo peor de la pandemia. Conseguir una cita en el centro de salud es, en algunos casos, misión imposible y las listas de espera siguen siendo interminables (121 días de media para ser operado y 75 para una cita con especialistas). Además de dolor y desesperación, también se cobran vidas.

En cuanto los focos de las cámaras apuntaban hacia otro lado, el proceso de deterioro de la sanidad pública ha continuado su curso. Los gobiernos autonómicos alegan que ya no disponen de los fondos covid. Esos fondos se han transformado en fondos europeos, que han venido a acelerar la actualización del modelo de dominación capitalista en nuestro país.

Los capitalistas necesitan remontar su crisis y la reducción de sus ganancias a costa de la mayoría trabajadora y para eso necesitan nuevas oportunidades de negocio. En este contexto, los servicios públicos se convierten en perfectos “nuevos nichos” para extraer beneficios. Los sistemas sanitarios, educativos o de salud eran un caramelo demasiado dulce que la clase dominante no podía dejar la oportunidad de saborear.

En la sanidad, se han generalizado los conciertos con fundaciones y clínicas privadas, las mutuas y seguros médicos ganan miles de millones cada año, se han introducido los copagos, las empresas multiservicio gestionan cada vez más “servicios no sanitarios”, como si la limpieza o la alimentación no fueran fundamentales para la salud de los pacientes.

Por su parte, el sector de la educación y la formación se ha convertido en uno de los principales mercados mundiales, llegando a mover 4,6 billones de euros al año. El proceso de digitalización, impulsado por la pandemia, ha provocado que grandes tecnológicas como Google, Apple o Microsoft hayan realizado una fuerte apuesta hacia el mundo educativo, estableciendo incluso multitud de convenios con instituciones públicas para ofrecer, en muchos casos, servicios aparentemente gratuitos, como si el hecho de convertir en clientes a millones de estudiantes fuera un acto altruista y no un lucrativo negocio.

A esto habría que añadir la adquisición por parte de fondos de capital riesgo de centros privados, el aumento de la oferta privada y concertada en las enseñanzas no obligatorias o la entrada masiva de las empresas en el ámbito universitario, mediante la “transferencia de conocimiento de la universidad al tejido productivo”.

Los capitalistas también extraen enseñanzas y conclusiones de sus medidas. De los recortes directos de la crisis anterior se pasa a un modelo más sutil, donde los gestores socialdemócratas juegan un papel esencial. Quizá no están de acuerdo con recortar el presupuesto de la sanidad o la educación o llevar a cabo privatizaciones directas salvajes, como el malvado PP, pero ¿cómo estar en contra de una colaboración público-privada? ¿cómo oponerse a una modernización del modelo productivo? ¿cómo combatir la digitalización o la transición verde? Todo suena tan bien y tiene tanto brilli-brilli que, entusiasmados por su “novedosa” forma de gestionar la crisis, los socialdemócratas se convierten en el brazo ejecutor de los nuevos ataques contra los servicios públicos.
Como con cada medida política en una sociedad dividida en clases, unos ganan y otros pierden. En este caso, con los nuevos mecanismos diseñados desde la Unión Europea y ejecutados con alborozo por el Gobierno, de nuevo pierde la clase obrera y el pueblo, que ven cómo los servicios públicos por los que han desarrollado luchas históricas son cada vez más una parcela de negocio de los grandes capitalistas.

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