Criptomonedas: la selva de la economía capitalista

En los últimos años estamos presenciando un auge en la publicidad que reciben las inversiones en activos a través de internet, esencialmente los denominados “bonos no fungibles” (NFT, por sus siglas en inglés) y, por supuesto, las criptomonedas. Las garantías de inversión de éxito a largo plazo, aparte de la “diversificación” de inversiones y la seguridad son los principales argumentos que se esgrimen para incentivar su compra, pero ¿hasta qué punto es cierto?

Nos remontamos a 1996. El avance de las tecnologías de la comunicación ya es una realidad que empieza a extenderse. Ante este escenario, la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA) publica un informe en el cual se prevé la aparición en un futuro de “sistemas de criptografía para la creación de dinero virtual” en el momento en el que se consiga crear un sistema de “infraestructura de autentificación” que gestione las claves que sirven a los usuarios como firmas digitales personales. El interés de la NSA en los sistemas de criptomonedas más de una década antes de su aparición no es casual: el informe dedica todo un apartado a las amenazas de seguridad que estos sistemas podrían producir, incluyendo la evasión fiscal, el blanqueo de dinero y las transferencias anónimas de dinero, cuestión crucial para toda una serie de actividades ilegales —entre otras, el narcotráfico y el tráfico de armas—, todo gracias al anonimato que podrían aportar estos sistemas de criptografía digital.

Las previsiones de la NSA se cumplen 12 años después, cuando se crean —nadie sabe a ciencia cierta quién o quiénes— las “blockchains”, una base de datos cifrada que se puede aplicar a las transacciones y que, pese a que se necesita validar por parte de varios usuarios del sistema, garantiza el anonimato tanto de quien envía como de quien recibe la transferencia. Todo este sistema de transferencia y validación de las operaciones requiere de complejos cálculos informáticos en el que los usuarios compiten para hacerlos más rápido que los demás a cambio de un premio: hablamos de la “minería”, un proceso informático cuyos impactos económicos y ambientales darían para realizar un artículo específico propio, aunque aquí demos posteriormente algunas pinceladas. El nivel de seguridad que se le supone al sistema, por cierto, es tal que se necesitaría una empresa con mayores recursos que Google para tener un 50% de éxito para romperla.

Con la aparición de las blockchains, aparece en 2009 Bitcoin, que será la primera —y también la más famosa— criptomoneda, pero no la única: en 2013 hay 66 criptomonedas distintas, que pasan a ser en 2017 más de 1.300; en 2019 casi 3.000; en julio de 2021 superan las 6.000 para llegar a un máximo de 10.397 criptomonedas distintas en febrero de 2022 y bajar a las 9.310 hace dos meses. Una auténtica selva de especulación en la economía capitalista donde las criptomonedas mutan, crecen y mueren a velocidades vertiginosas.

El éxito que se le supone a Bitcoin radica en que su valor ha pasado de prácticamente nada (0,003 dólares americanos en abril de 2010) a un máximo de 66.000 dólares americanos por cada bitcoin (el 26 de octubre de 2021, justo después de que el gobierno de El Salvador anunciase que adoptaría esta criptomoneda como moneda de curso legal y comenzase a emitir bonos vinculados a Bitcoin). Pese a ello, la cantidad monetaria a la que equivale una criptomoneda es extremadamente volátil: la misma Bitcoin puede perder su valor en casi 10.000 dólares en menos de un mes y luego recuperar 4.000 en 2 semanas. Ethereum, la segunda criptomoneda por valor actual, pasó este septiembre de valer 1.592 dólares a 1.750 una semana después para pasar, siete días más tarde, a valer 1.332 dólares (en el momento en que se escribe, un Ethereum vale menos de 1.200 dólares). Por poner a mayores un último ejemplo, Toncoin —la criptomoneda originalmente conocida como “Gram” que crearon los hermanos Dúrov, fundadores de la red de mensajería Telegram— acumula en el momento de redacción de este artículo un 21,7% de pérdidas en una semana.

Esta volatilidad tiene muchas razones, entre otras la alta sensibilidad a rumores y noticias, el llamado “efecto rebaño” y la enorme dependencia del mercado al ser una actividad puramente especulativa. Así, vemos que el hecho de que un personaje de la calaña de Elon Musk negase en mayo de 2021 por redes sociales que se pudieran comprar sus coches Tesla con Bitcoin provocó una pérdida superior al 20% en el valor de esta criptomoneda, y también que, si el mismo personaje cambia su biografía de twitter para apoyar a Bitcoin, el precio de esta criptomoneda aumenta en 5.000 dólares en menos de una hora. En un mercado así, los principales consumidores —según la Comisión Nacional del Mercado de Valores, en España son varones de entre 25 y 44 años, con una media de edad de 40 años, de los cuales solo el 2% reconoce tener “amplios conocimientos” sobre el tema y el 40% cree que están reguladas legalmente— venden masivamente cuando hay un cambio brusco de valor, ante el temor de arruinarse, creando un efecto de bola de nieve que genera aún valores más bruscos. Las consecuencias son visibles: el 75% de aquellos que invierten en criptomonedas se arruinan o, con suerte, consiguen cero beneficios.

Una situación que aún tiene visos de ir a peor: 2022 se ha considerado el inicio de un “criptoinvierno” en el que las principales criptomonedas se han desplomado, perdiendo hasta un 75% de su valor a principios de año: sin ir más lejos Bitcoin, que en octubre de 2021 valía los ya mencionados 66.000 dólares, vale actualmente —finales de diciembre de 2022— 16.600 dólares, 200 dólares menos que el día anterior a la redacción del artículo. ¿Las causas a las que se alude? Variadas, pero quizás nos suenan también: la resaca de la pandemia, la crisis de suministros, la guerra de Ucrania y la subida de tipos de interés del Banco Central Europeo y la Reserva Federal de EE.UU.

Y es que ante la perspectiva actual, muchos “criptoinversores” han abandonado el mercado especulativo de unos activos de inversión de riesgo elevado, vendiendo sus activos para recuperar capital real con el que afrontar este escenario. En consecuencia, las empresas dedicadas al sector se han visto devaluadas, lo que ha producido pérdidas multimillonarias y el despido de entre el 5 y el 20% de los trabajadores en las empresas que no han acabado en bancarrota. Porque aquellas que han acabado en la quiebra —FTX, el tercer mercado de criptomonedas a nivel mundial, desapareció en noviembre— han producido una mayor inestabilidad, agravando así el problema. Las criptomonedas, que se han vendido históricamente como el fin de los bancos porque garantizaban una mayor seguridad y anonimato, resultaron ser otro negocio especulativo de los que tanto se ha ocupado la historia en demostrar que no nos traen nada positivo. La situación es tal que ya hay expertos en economía que consideran que no debemos hablar de “criptoinvierno” sino —utilizando un término también de moda gracias a la televisión y los videojuegos ambientados en el mundo nórdico— de un “fimbulvetr”, del invierno que presagia el fin del mundo de las criptomonedas y de “toda idea de organizar la vida económica en torno a la famosa cadena de bloques”.

Sea o no cierta esta predicción catastrofista que hacen algunos expertos, las predicciones de 2023 auguran que en la selva se producirán “más salidas, más pérdidas y más dolor”. Y aun en el hipotético caso de que las criptomonedas resuciten, tarde o temprano tendrán que lidiar con las propias características con las que se crearon las mismas. Porque hay una peculiaridad de los blockchains que aún no hemos comentado: la limitación del número de monedas.

Cada criptomoneda se basa, como comentamos anteriormente, en los blockchains. Y éstos, en el momento en el que se crearon, lo hicieron en base a un planteamiento: si se limita de manera natural el número de éstos, cada vez costará más conseguirlos y llegará un momento en el que ya no se puedan crear más y, por lo tanto, cada uno de los existentes se revalorizará con el tiempo. En consecuencia, prácticamente todas las criptomonedas establecen un número máximo de blockchains existente para la misma. Así, por ejemplo, el límite máximo de Bitcoin es de 21 millones de unidades, de las que hace un año —enero de 2022— ya se habían emitido 18 millones. Puesto que la obtención de unidades se realiza a través del minado, y éste cada vez es menos eficiente, cada vez se emiten menos unidades y cuesta más emitirlas, lo que hace que se considere que el 100% de la emisión de Bitcoin llegará “en algún momento entre 2032 y 2140” (sic). Ahora, pensemos: si el minado de criptomonedas se basa en la competencia y la recompensa por producción, ¿qué sucederá cuando la recompensa no compense los costes de producción? Porque ese momento, de mantenerse el capitalismo, llegará, y por el camino se van perdiendo unidades —personas que pierden sus monederos virtuales por problemas informáticos, cuentas falsas que no se pueden borrar por el anonimato, etc.— que harán que el número sea cada vez menor, y no necesariamente tienen que elevarse los precios de cada unidad porque esté limitado…

Independientemente de todo ello, hay una afirmación que sí podemos predecir actualmente: si esta selva que son las criptomonedas no se congela y destruye en su propio “Ragnarök”, el socialismo que, inevitablemente, construiremos los trabajadores antes o después será quien la queme hasta no dejar ni cenizas. Nuestra tarea sigue siendo organizar a la clase para que lleguemos a esa fase de la humanidad cuanto antes.

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