La organización de las trabajadoras, más allá de los «gobiernos feministas» y del movimiento feminista

Lo que voy a contar no es algo nuevo; quien más, quien menos, sabe que sobre este tema he escrito alguna que otra vez. Pero lo cierto es que la cuestión de la organización de las trabajadoras, con independencia de que presenciemos más o menos medidas de carácter supuestamente progresistas y de intentonas de endulzar los oídos y engatusar a toda aquella que se pueda, está hoy a la orden del día.

La cuestión de la mujer, y todo lo que ello conlleva, ha sido siempre un tema sobre el que cada cual ha podido arrojar sus elucubraciones según le venía en gana. Precisamente, muchos y muchas de los que han hecho estas reflexiones, de manera premeditada, se han olvidado de todas las aportaciones que ha brindado a esta cuestión el marxismo-leninismo, que la ha dotado de la importancia que reviste y la ha puesto en el centro de muchas elaboraciones políticas.

Empecemos por algo que, aunque puede resultar bastante obvio, suele olvidarse con frecuencia en muchos movimientos: la cuestión de la mujer es indivisible de la cuestión general de la clase obrera. No entender que la contradicción de clase es la que determina y ahonda todas las demás contradicciones sociales es no entender que la opresión que sufren las trabajadoras por ser mujeres y la explotación que sufren por ser de una clase concreta es consecuencia directa y última del sistema capitalista.

A pesar de que algunos postulados feministas puedan situar el foco también en el capitalismo y hablen igualmente de la necesidad de organizar a las mujeres trabajadoras frente al «feminismo burgués», esos sectores feministas denominados más «de clase» elaboran sus postulados ideológicos, a diferencia de las y los comunistas, con el foco puesto en el desarrollo del movimiento feminista, y no en la lucha general de la clase obrera por derrocar el capitalismo, lo cual es condición indispensable para acabar con la opresión de las trabajadoras.

Nos encontramos, al final, que tanto unas como las otras, en un espectro muy amplio, explican la cuestión de la mujer de una manera reduccionista: el mayor problema que tiene la mujer (ojo con esto de la mujer, porque se refieren a ese grupo heterogéneo que somos las mujeres, no a unas mujeres concretas de una clase en particular) es la dominación de los hombres; sería por las facilidades que tienen ellos en la vida por lo que a nosotras nos oprimen y nos explotan. Pongamos un ejemplo para entender lo que sostienen: si una mujer anuncia en su trabajo que está embarazada y la despiden por ello, es culpa principalmente de lo que el feminismo llama «patriarcado», no de un o una capitalista explotadora, dueña de la empresa, que aprovecha ese momento para ahorrarse los costes que suponen una baja y un permiso de maternidad.

Con esto llegan a conclusiones erróneas, como que las desigualdades y la discriminación que sufren las mujeres pueden cambiarse a través de reformas legislativas dentro del marco del capitalismo o que, si se reemplazara a todos los hombres en posiciones de poder por mujeres, todo iría mucho mejor. Esto último suena y resuena, ¿verdad? No existirían las guerras, no existiría la explotación, todo sería armonía y felicidad si las mujeres mandaran… No dejan de ser ensoñaciones de quienes no analizan la sociedad en la que viven de una manera correcta. Creer que bajo el capitalismo es posible la igualdad real soslaya el hecho de que la base del propio sistema capitalista es la desigualdad, y que la emancipación de la mujer requiere de un orden socioeconómico en el que no exista la explotación ejercida por una clase dueña de los medios de producción sobre otra clase desposeída.

Lenin –y permitidme que diga que de manera muy acertada– ya dijo que la igualdad ante la ley no es igualdad en la vida. Por lo tanto, por mucho que nos intenten vender que ha habido muchos avances en los gobiernos «feministas» para las mujeres, no son más que medidas cosméticas y, por supuesto, en ningún caso se enmarcan en una lucha decidida por erradicar la sociedad capitalista.

¿Acaso han dejado de asesinar a mujeres porque haya una ley de violencia de género (desastrosa, si me concedéis esta opinión)? ¿Acaso ha dejado de haber agresiones sexuales o violaciones por una ley que deja bastante que desear? ¿Acaso las mujeres pueden abortar de manera libre sin ningún tipo de presión? ¿Acaso las trabajadoras han dejado de cargar sobre sus espaldas las tareas reproductivas y de cuidados?

La respuesta a esas preguntas es única: un claro y rotundo no. Y esto es lo que sucede cuando dejamos de lado el carácter de clase que tiene la lucha por la liberación de las mujeres: llevar a millones de trabajadoras a defender postulados ajenos a sus intereses y a aplaudir cualquier medida dirigida hacia nosotras, aunque tan solo sean migajas.

Clara Zetkin, en La cuestión de las trabajadoras y de las mujeres en el presente, decía que «la cuestión de la plena emancipación de la mujer, por lo tanto, resulta ser, en última y decisiva instancia, ante todo una cuestión económica, que está siempre en la conexión más íntima con la cuestión de los trabajadores y puede ser finalmente resuelta sólo en relación con ella. La causa de las mujeres y la causa de los trabajadores son inseparables y encontrarán su solución final sólo en una sociedad socialista, basada en la emancipación del trabajo de los capitalistas». Vaya con Zetkin; en el año 1889 ya tenía las cosas muy claras, frente a la confusión que vemos en algunos sectores en el año 2024.

Mientras que el feminismo, en cualquiera de sus vertientes, termina por hacer en última instancia un lavado de cara a las mujeres de la burguesía, entrando al juego del capitalismo, Zetkin ya dejaba claro que la lucha por la liberación de la mujer no puede contemplarse como algo específico y único de las mujeres, sino que es algo que debe implicar al conjunto del movimiento obrero y al conjunto de todo el movimiento revolucionario.

Entre la lucha general por el poder obrero y la lucha específica por la emancipación de la mujer hay una relación indisoluble: la lucha por nuestra liberación como mujeres tendrá más fuerza en tanto en cuanto se halle más vinculada a la lucha general de la clase, y la lucha general de la clase obrera se profundiza en el momento en que la lucha por la emancipación de la mujer se fortalece.

Y este es el punto principal. La organización de las trabajadoras va mucho más allá. La organización de las trabajadoras va desde nuestra lucha específica centrada en nuestras necesidades, problemáticas y reivindicaciones hasta la lucha de la clase obrera por la construcción de una sociedad nueva, por la construcción del socialismo-comunismo. Sin este vínculo común es imposible acabar con la opresión de la mujer.

La organización de las trabajadoras no es algo abstracto, sino que es tangible. Porque nos organizamos allí donde sufrimos las principales contradicciones: en nuestros centros de trabajo a través de los sindicatos, en nuestros barrios a través de las asociaciones de vecinos, en nuestros centros de estudio a través de las organizaciones estudiantiles… Ahora solo hace falta tomar las herramientas de las que disponemos para conseguir nuestros propósitos.

No tengamos miedo a diferenciarnos de aquellas que no ven esas contradicciones. No tengamos miedo a que nos señalen por tener claro a lo que aspiramos. No nos dejemos amedrentar por aquellas que dicen que lo nuestro son ideas de otros tiempos. Mano a mano, hombro con hombro con las de nuestra clase, haremos de nuestra unión y nuestra organización el principio de un tiempo nuevo.

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