El Papa, los conversos y tú

La visita de León XIV en junio volvió a colocar a la Iglesia Católica en el centro de la vida pública española. En un país donde el Estado es supuestamente aconfesional, se multiplicaron las recepciones oficiales, las misas multitudinarias y los actos con jóvenes, artistas y figuras de la cultura. Quizás porque alguien dijo que el Papa es también jefe de un Estado y no sólo la cabeza de una organización religiosa.

Sería sencillo responder a esta visita con un chiste sobre curas, pero hay formas mejores de abordar esto. Por ejemplo, preguntándonos por qué la religión, el misticismo y el idealismo vuelven a resultar atractivos para una parte relevante de la población y a qué se debe que la imaginería religiosa vuelva a aparecer con fuerza en la cultura popular.

El terreno sobre el que crecen las nuevas formas de religiosidad, misticismo e idealismo se ha analizado en múltiples ocasiones en este periódico. Un presente en el que millones de personas no saben si podrán acceder a una vivienda, mantener un empleo estable o formar una familia sin quedar atrapadas en la precariedad y un futuro que cada vez tiene más pinta de amenaza que de promesa.

La religión ofrece una explicación ordenada del mundo cuando el mundo parece completamente desordenado, incomprensible e injusto. Da un sentido al sufrimiento, promete que el sacrificio no es inútil y convierte la incertidumbre en parte de un plan superior. No elimina ninguna de las causas que generan los problemas sociales, pero nos convence para que las soportemos atribuyéndoles un significado.

No cabe duda de que la religión también ofrece comunidad. El capitalismo ha debilitado buena parte de los espacios en los que se construían vínculos estables, y el movimiento obrero no está siendo capaz de responder con la agilidad y la firmeza necesarias. De este modo, para muchas personas, una parroquia o una comunidad evangélica pueden proporcionar acogida, rituales compartidos, ayuda mutua y la sensación de pertenecer a algo.

La visita de León XIV también ha mostrado la capacidad de la Iglesia para entrar en relación con una cultura juvenil aparentemente alejada de ella. La presencia de músicos, actores e influencers no es una casualidad. Las cruces, las vírgenes y las referencias bíblicas vuelven a los escenarios, a las canciones y a las redes sociales. En unos casos expresan una convicción religiosa real; en otros, una búsqueda personal o una decisión estética. Y en muchos, las tres cosas se mezclan bajo la lógica comercial. Ernesto Castro puede jugar a ser Pablo de Tarso, pero me apuesto algo a que lo que quiere es vendernos un libro o aparecer de tertuliano retribuido en alguna cadena.

Al mercado le valen tanto la blasfemia como la devoción. Cuando la provocación deja de provocar, la tradición puede presentarse como rebeldía. Para una parte de la juventud, declararse creyente, reivindicar la castidad o llevar una cruz puede adquirir la apariencia de un gesto contracultural frente a una sociedad descrita como relativista y carente de valores. Ahí es donde la cuestión religiosa se conecta con el avance de la reacción, porque existen fuerzas políticas que utilizan conscientemente la religión para convertir la crisis social en una crisis moral.

Así, el problema de nuestras sociedades no sería la explotación capitalista, sino la pérdida de valores. No sería la propiedad privada de los medios de producción, sino el debilitamiento de la autoridad. No sería la falta de vivienda, sino la crisis de la familia. De esta manera, como quien no quiere la cosa, la causa de todos nuestros malestares como clase serían los «excesos» de la lucha de las mujeres, la «tolerancia» hacia los inmigrantes delincuentes, sacar la diversidad sexual «del catálogo de los trastornos», como decía hace poco un cargo de Vox.

La visita del Papa ha servido, sobre todo, para recordar quién dispone todavía de púlpitos, dinero, colegios, medios de comunicación y acceso directo a los despachos del poder. Y para recordar que ya no son sólo los católicos quienes aspiran a eso.

La Iglesia Católica conoce bien el terreno sobre el que avanza. Lleva siglos convirtiendo la resignación en virtud y prometiendo recompensa en el más allá a quienes soportan la explotación en este mundo. Otras religiones y filosofías idealistas recorren también esa senda.

Pero sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a los curas, imanes y pastores. Si la reacción encuentra espacio es también porque la organización obrera ha retrocedido y porque buena parte del movimiento obrero ha renunciado a la transformación social por sermones morales.

Si los comunistas no organizamos la rabia, otros organizarán el miedo. Si no somos capaces de ofrecer una explicación del mundo y una fuerza colectiva para cambiarlo, llegarán quienes recomiendan arrodillarse y rezar. Otra vez más.