Alina
Mi experiencia en las huelgas de la enseñanza pública de mayo en Aragón fue la de una docente joven en una comunidad donde el movimiento obrero y sindical del sector llevaba muchos años sin protagonizar conflictos importantes. Y eso se nota en muchos aspectos: dispersión, falta de mecanismos colectivos que encaucen las reivindicaciones, de estructuras estables… Para hacernos una idea, mi centro fue uno de los escasos que organizaron piquetes, prácticamente ninguno contaba con asamblea estable y, aunque la manifestación del día 20 de mayo fue un éxito evidente, la asistencia se dio en gran medida de forma individual. Muchos trabajadores asistían por su cuenta o con conocidos, sin haber discutido previamente en sus centros qué objetivos perseguía la movilización o cómo se iba a participar en ella.
Ahí surge una contradicción: las cifras de participación dejaron claro el malestar existente en el sector, pero la movilización era deficiente en organización. No existía un discurso reivindicativo cohesionado, ni capacidad para convertir esa fuerza en presión sostenida o conquistas concretas.
Soy interina y llegué a mitad de curso a un centro donde no existía asamblea estable. Sin embargo, en las semanas previas a la huelga, a iniciativa de los sindicatos, cada miércoles, durante el recreo, un pequeño grupo de compañeros nos reuníamos en la entrada del instituto con una vieja pancarta que rescatamos de un almacén del centro. La pancarta ya contaba mucho sobre el momento que vivimos: llevaba años acumulando polvo y acartonándose, olvidada desde que unos compañeros decidieron elaborarla para las huelgas de 2012-2013 contra las políticas de Mariano Rajoy y Luisa Fernanda Rudi.
Las concentraciones de los miércoles eran muy informales, pero cumplían una función importante: hablábamos de problemas del centro, comentábamos las noticias sobre otras comunidades en huelga, y, sobre todo, creamos un vínculo entre compañeros y compañeras. En uno de estos miércoles, a dos semanas de la huelga de mayo, propusimos celebrar una asamblea en nuestra siguiente cita. Apenas una decena de personas acudimos, pero fue un paso muy importante: en aquella asamblea tomamos decisiones preparatorias de la huelga, marcándonos una hoja de ruta conjunta. Era un compromiso para sostener un esfuerzo por poner en primera línea unas reivindicaciones y hacer lo posible por implicar al resto de compañeros: haremos un piquete, nosotros podemos imprimir unos panfletos, tú convencerás a los compañeros de servicios mínimos de no seguir el horario lectivo, vosotras traed papel de estraza para visibilizar con una pancarta que el centro está en huelga. La pondremos allí, en la verja más visible del centro; ¡de hecho, estará ahí toda la semana anterior a la huelga, para que al llegar al curro los compañeros recuerden que hay que prepararse! ¿Y si encargamos también una pancarta grande a una imprenta para acudir a las movilizaciones en bloque, con un identificativo del centro? ¡Yo me encargo de hacer una lista con compañeros que quieran apuntarse a sufragarla!
Muchas veces esperamos que la gente se implique antes de haber visto ninguna utilidad práctica en hacerlo. Sin embargo, la experiencia demuestra que suele funcionar al revés: primero se organiza un pequeño núcleo dispuesto a trabajar y después, cuando ese trabajo empieza a producir resultados visibles, otras personas se incorporan. A aquella primera asamblea acudimos apenas diez personas, pero el trabajo que planificamos acabó implicando en trabajo práctico a casi el total de la plantilla. Nos aseguramos de que el resto del personal recibía nuestro calendario de actividades propuestas, y todos percibimos en la semana anterior a la huelga que algo se había encendido.
Una enseñanza importante que extraje en aquellos días tiene que ver con algo poco evidente en una época de grupos de Whatsapp y correos, en la que pensamos que lo telemático puede sustituir a lo presencial, e incluso tendemos a sobrevalorar el papel movilizador de las redes sociales. Y es que el debate presencial tiene un valor organizativo que ninguna herramienta digital puede sustituir. La asamblea de lucha sirve para generar conversaciones que de otro modo no tendrían lugar. No solo en torno a temas logísticos, ni siquiera sindicales: también sobre cuestiones políticas. Cada conversación acerca a compañeros, permite perfilar y cohesionar posturas que podrán articularse en la correlación de fuerzas del conflicto. Nada como la presencialidad para construir conciencia de clase.
Una función de la asamblea es poner en marcha la acción colectiva. Mientras la indignación permanece en conversaciones privadas, la relación de fuerzas no cambia. La situación cambia cuando ese descontento adopta formas visibles con fuerza suficiente para alterar la normalidad y logra colocar un discurso nuevo en el centro de la cotidianidad, pero no solo en la conversación, sino también en la práctica de la acción.
Además, las asambleas son una auténtica escuela de lucha para la clase trabajadora, capaz de convertir cada vaivén del conflicto, incluidos los fracasos, en una oportunidad de aprendizaje colectivo. No es lo mismo volver al centro al día siguiente de una huelga como si todo hubiese terminado, dejando que cada cual procese sus pensamientos en una dirección diferente, que volver y mantener un debate colectivo en el que evaluar lo ocurrido, no disipar los esfuerzos realizados y usarlos para fortalecer la organización y la conciencia colectiva.
Nuestra experiencia mostró también el valor de que los trabajadores seamos los protagonistas de la acción sindical. Cuando, tras la primera asamblea, difundimos aquella lista para sufragar una pancarta de imprenta, algún compañero se quejó de que era más fácil que un sindicato la financiase. Sin embargo, esa lista fue la excusa perfecta para recorrernos departamentos y salas de profesores durante unos días, hablar de la huelga, dejar propaganda y pedir implicación práctica. Finalmente, una asamblea formada por apenas diez personas consiguió que 62 de los aproximadamente 80 trabajadores del centro se apuntasen en la lista, y por el camino pudimos hablar con todos ellos sobre la huelga e implicarlos a un nivel mayor en la preparación. Nuestra flamante pancarta nueva encabezó nuestra asistencia, muy numerosa y en bloque, a todas las movilizaciones de aquellas jornadas. Asistencia mucho más contundente, en número y forma, que la que se dio en la huelga anterior, en febrero, que no fue preparada en asamblea.
El ejemplo de la pancarta permite ilustrar la necesidad de un sindicalismo de masas y sostenido por la participación activa de los trabajadores, contra la concepción del sindicalismo como estructura burocrática externa a la clase, encargada de resolver los problemas en nombre de los trabajadores. Cuando abandonamos el trabajo en los centros y delegamos completamente la iniciativa en las organizaciones sindicales, perdemos capacidad de control sobre nuestras propias luchas y terminamos reduciendo el sindicalismo a una función de gestión corporativa.
No obstante, tampoco debemos extraer la conclusión contraria y pretender sustituir al sindicato por la asamblea. Las asambleas son imprescindibles para construir fuerza real en los centros de trabajo, pero son mucho más vulnerables a los picos de la conflictividad, a efectos repentinos, y una organización sindical aporta elementos necesarios e insustituibles: continuidad, estabilidad, coordinación, experiencia acumulada y dirección. Esto no cambia la función clave de la asamblea en el sindicalismo de clase. Es el espacio donde las conversaciones se convierten en acción, donde el malestar disperso se transforma en lucha colectiva y donde los escépticos y resignados descubren el poder que tienen para cambiar las cosas junto a sus compañeros. La asamblea, como la huelga, no son fines en sí mismos: son herramientas para organizar, elevar la conciencia, cohesionar y dejar después de cada conflicto trabajadores y trabajadoras más organizados y más conscientes de su fuerza transformadora.
Nuestro reto ahora radica en dar continuidad a la asamblea el curso que viene, acoger a compañeros que han aumentado su nivel de implicación gracias al trabajo de mayo y mantener un hilo del que poder tirar y no dispersarnos. Encontraremos la dificultad de que muchos trabajadores se reubican en otros centros con el nuevo curso. Pero seguro que de este obstáculo, tan típico de nuestro sector, podremos ocuparnos en otro número de estos Apuntes de la clase.