Los hechos sucedidos a lo largo de esta semana en Venezuela pasarán a la Historia, no me cabe duda. Cualquiera que conozca con un mínimo de atención la experiencia golpista en América Latina percibirá una diferencia con casos anteriores: la grosería, los trazos gruesos del golpe, en línea con el estilo al que ya nos tiene acostumbrados Donald Trump o su actual réplica brasileña. Recapitulemos…

El 20 de mayo de 2018 se celebraron elecciones presidenciales, en las que venció Nicolás Maduro, con un 67,84% de los votos, frente a otros cinco candidatos. Curiosamente, la llamada “oposición”, no participó en el proceso. Conviene recordar que las elecciones presidenciales fueron adelantadas, precisamente, por exigencia de esa misma “oposición”, a la me referiré a partir de ahora como “el golpismo”.

Los resultados electorales no fueron reconocidos por los sectores golpistas. Tampoco por el gobierno de los EEUU ni por una serie de países que han conformado el llamado “Grupo de Lima”, nacido bajo inspiración estadounidense y de su instrumento, la Organización de Estados Americanos, la OEA, encabezada por Luis Almagro.

A principios de enero, la Asamblea Nacional de Venezuela, declarada en desacato por el Tribunal Supremo de Justicia en enero de 2016 por haber juramentado ilegalmente a varios de sus miembros, decide no reconocer el nuevo mandato del Presidente Maduro y adopta una serie de decisiones que, de nuevo, son anuladas por el Tribunal Supremo.
A partir de ahí, el conflicto se intensifica y el gobierno estadounidense decide intervenir abierta y públicamente en Venezuela. El pasado martes 22 de enero, el Vicepresidente Mike Pence llama públicamente al pueblo venezolano a manifestarse al día siguiente, 23 de enero, otorgando su apoyo directo al golpismo hasta que “sea restaurada la democracia”. De su declaración, son significativas sus palabras finales, pronunciadas en castellano: “¡Estamos con ustedes!”. El llamamiento estadounidense al golpe había sido precedido del alzamiento de un grupo de militares del Escuadrón Montado de la Guardia Nacional, sofocado en pocas horas.

Todas las condiciones estaban sentadas: movimientos en las fuerzas armadas para generar ilusiones en los sectores opositores; un llamamiento expreso del Gobierno de los Estados Unidos y la movilización convocada por los sectores golpistas de la oposición en la capital. En ese escenario, José Guaidó, elegido por la Asamblea Nacional a principios de mes —recordemos que esas decisiones fueron anuladas por el Tribunal Supremo—, se lanza a la piscina y, en plena calle, rodeado de los suyos, sin convocatoria formal alguna siquiera de la Asamblea Nacional, sin votación formal, se proclama a sí mismo, ni más ni menos, que Presidente Interino de la República Bolivariana de Venezuela. ¡Toma castaña!
Dado ese primer paso, de una grosería inaudita, la infantería internacional avanza deprisa. Trump, como gran jefe, es el primero en recocer la autoproclamación de Guaidó. Le sigue su fiel lacayo, Luis Almagro, Secretario de la OEA. Después en Gobierno colombiano y, uno a uno, varios países del Grupo de Lima.

En nuestro país, el silencio del Gobierno del PSOE está siendo tan ensordecedor como insoportablemente chillonas las voces de Pablo Casado (PP), Albert Rivera (Ciudadanos) y Santiago Abascal (Vox), clamando para que se reconozca el golpe. No en vano, al igual que sucediera tras el triunfo de la Revolución Cubana con Miami, Madrid hace tiempo que se ha convertido en la patria chica de la oligarquía venezolana. Este clamor político en favor del golpe, obviamente, está siendo acompañado por la legión mediática: El País, El Mundo, ABC, La Razón, varios regimientos de comentaristas, etc. se han lanzado como hienas a defender lo indefendible y a clavar sus colmillos en la verdadera víctima de todo este disparate: el pueblo trabajador venezolano.

Si algo se ha puesto de manifiesto con el intento de golpe es hasta qué punto se están intensificando las contradicciones en el ámbito internacional. Frente a los países que han apoyado a los golpistas, se alzan otros en apoyo a Nicolás Maduro. La solidaridad inicial de los aliados tradicionales de la República Bolivariana, como Cuba, Bolivia o Nicaragua, esperada y esperable, ha sido acompañada de otros apoyos de naturaleza bien distinta. Y es que Rusia, China y hasta el mismísimo presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, se han manifestado contrarios al golpe.

Tirando del refranero español, cabe decir que, en este campo, conviene no mezclar churras con merinas. Un cosa es el apoyo solidario de pueblos como el cubano, con un largo historial internacionalista y solidario, y otra muy distinta la defensa de los intereses de sus monopolios en suelo venezolano y en América Latina en general que llevan a cabo los gobiernos de Rusia y China. Claro está que las contradicciones interimperialistas deben ser utilizadas por los pueblos en toda lucha liberadora, pero estando las cosas como están, tan burdo resulta no tomar en cuenta qué está defendiendo cada cual en este y otros conflictos, como hacer tabla rasa y proclamar como antiimperialistas a Gobiernos movidos, precisamente, por el interés de expandir sus capitales y disputarse áreas de influencia con otras potencias imperialistas. No debemos olvidar nunca que el mal menor lucha denodadamente por convertirse en mal mayor, y cuando lo hace suele ser tarde para los pueblos.

Y, como resultaba previsible, la Unión Europea en medio de los dos bloques en disputa, bloqueada por sus contradicciones internas en un mundo que se precipita, cada vez más rápido, a un conflicto generalizado que ya ha comenzado. En función de los intereses económicos de sus burguesías los países de la UE se inclinan hacia uno u otro lado, se suceden las negociaciones a puerta cerrada. Mientras el pueblo venezolano lucha contra el golpe, la Vieja Europa observa zorruna a la espera del desarrollo de los acontecimientos. La posición final, al igual que las manifestaciones de distintos líderes europeos, tendrá un carácter imperialista. Pueden apoyar o no el golpe, en función de sus intereses y de los acontecimientos, pero todas sus manifestaciones rezuman odio de clase hacia el pueblo venezolano.

Resultan especialmente patéticos los que no se atreven a exponer una posición clara y se limitan, por ahora, a “llamar al diálogo”. En este campo militan el Gobierno español y el portugués, a los que se ha unido el nuevo Gobierno mexicano. Proclaman una No Intervención tan vergonzosa como aquella proclamada en su día por Francia e Inglaterra respecto a la guerra española. Sin duda, se trata de un viejo pecado de la socialdemocracia, al que se han sumado los dirigentes de Podemos desde hace tiempo. Bueno, de Podemos, como Pablo Iglesias, y de no se sabe qué, como Íñigo Errejón. El tiempo pone a cada cual en su lugar, y algunos han envejecido muy pronto.

Todos ellos se suman a esa “llamada al diálogo”. Y yo me pregunto, ¿dialogar sobre qué?, ¿cómo se dialoga con quien ha dado un golpe? Esa posición bienqueda me recuerda a los lamentables episodios protagonizados por el Gobierno republicano el 18 de julio de 1936, cuando frente al empuje de las masas obreras que se alzaban en armas contra el fascismo, se afanaban en apaciguar a los golpistas, llegando a ofrecerles la entrada en el gobierno. Bien caro pagaría nuestro pueblo esos y otros momentos de indecisión. Porque, no debemos olvidar que el enemigo de clase ni perdona ni muestra compasión. Recordemos España y recordemos Chile.

Termino estas palabras, escritas sobre la marcha de los trágicos acontecimientos con una última reflexión, pues todo me recuerda inevitablemente a lo sucedido tras el golpe de 11 de abril de 2002. Entonces, en el momento en que Chávez fue repuesto en la Presidencia por una imponente movilización popular, se tuvo una ocasión de oro de demoler las palancas de poder en que se apoya la burguesía venezolana y su expresión política golpista. No se aprovechó la ocasión, y el capitalismo pervivió.

En Venezuela ni hubo ni hay socialismo. Venezuela tuvo en ese momento una clara oportunidad, tuvo su Playa Girón. Pero en vez de avanzar hacia el socialismo y demoler la propiedad capitalista, se quedó en las proclamaciones. Desde entonces se comprobó que entre el socialismo y el capitalismo no existe sistema intermedio alguno. O es socialista o es capitalista. Y la gestión con afanes socialistas del capitalismo hace mucho que fracasó y, además, tiene ya un nombre: socialdemocracia. Que tanto sirve para lo uno como para lo otro, pues el actual golpista es miembro de un partido de la Internacional Socialista. La misma a la que pertenece el señor Felipe González, cuya fortuna tiene mucho que ver con Venezuela y con las matanzas cometidas por sus amigos venezolanos —recodemos el Caracazo—, que no ha tardado en declarar su amor por los golpistas, como en su momento lo profesó en España por los terroristas del GAL.

No puedo predecir el desarrollo que seguirán los acontecimientos durante las próximas horas, durante los próximos días. Sé que, como nos enseñó Fidel, perdura lo que el pueblo defiende. También que los enemigos son poderosos. Como internacionalista deseo de todo corazón una rápida derrota del golpe. Sólo así se abrirá el camino para que la clase obrera venezolana protagonice un verdadero cambio en el poder.

En estos momentos difíciles, repaso cada una de las muchas conversaciones que tuve durante los últimos años con los comunistas venezolanos. Les deseo los mayores éxitos y espero que todos ellos se encuentren bien.

No se deben volver a cometer errores del pasado, si el golpe es derrotado no se debe mantener inalterada la situación. El capitalismo debe ser definitivamente derrocado. Y, si no, al menos, que no se emplee más el nombre del socialismo en vano.

Fuerza y pelear por la victoria.

¡No pasarán!

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