Aquí va un artículo escrito con rabia. Con rabia y desesperación. La misma que llevó a Antonio Ricci a buscar su bicicleta durante un día entero por los suburbios de Roma, la misma que movió a Daniel Blake a pintar un grafiti con cerca de 60 años en la fachada de la oficina de empleo, la misma con la que Tom Joad descubrió que California no era el paraíso prometido y que por tanto, a los trabajadores, no les queda más que el binomio permanente, la disyuntiva histórica, el imperativo material que repite machaconamente que toda la historia de la sociedad humana hasta la actualidad es una historia de libres y esclavos, patricios y plebeyos; en dos palabras, opresores y oprimidos, frente a frente siempre.

El imperativo material se asoma por las rendijas de la realidad fingida, se filtra y abre paso inevitablemente, es demasiado tozudo, demasiado cruel y demasiado antiguo. Es tan antiguo que algunos utilizan ese argumento para negarlo, o mejor dicho, para negar las teorías que sostienen su existencia. “Eso que dices suena muy viejo”, sí, tan viejo como la verdad, amigo, y a la verdad si se la echa por la puerta pues entra por la ventana, por nuestras propias ventanas, las de nuestras casas, o mejor dicho, la de las casas de nuestros padres. Porque el capitalismo, aunque algunos traten de maquillarlo patéticamente, ha llegado hasta el punto de negar a los jóvenes de familias trabajadoras en países como España, que se sitúa entre las quince principales potencias capitalistas según el PIB (Producto Interior Bruto), cuestiones tan elementales como la vivienda, como la posibilidad de emancipación.

Madrid se ha convertido en la ciudad del boom de los pisos turísticos, la turistificación afecta especialmente a la zona centro y dispara el precio de las viviendas, no hay otra comunidad en la que el metro cuadrado de alquiler sea tan caro: 13,09 euros, un record histórico. La burbuja inmobiliaria vuelve a crecer demostrando que este sistema está condenado estructuralmente a tropezarse innumerables veces con la misma piedra, torpe tropiezo que siempre acaba con las suelas de los de arriba sobre los cuellos de los de abajo. Airbnb, empresa dedicada al alquiler de pisos turísticos, sigue marcando mes a mes máximos históricos de alojamientos comercializados en la capital, aunque desde el gobierno del Partido Popular en la Comunidad nos dicen a los madrileños que no ven problema de ningún tipo. Unos hacen como si no pasara nada, otros prometen y de manera insuficiente (aun sigue pendiente el acuerdo del Ayuntamiento de Madrid que pretende regular la expansión de las viviendas de uso turístico) y desde la prensa se trata de enmascarar esta problemática con términos para convertir en algo “cool” la pobreza. En una sociedad donde en todos los ámbitos, incluido el de la política, incluido también el de la política socialdemócrata, importa más lo fingido que lo real, lo simbólico que lo material, el capital aprovecha esos resortes para convencer de que debemos afrontar nuestra precariedad con una sonrisa fingida y pintona que no desvele nuestra miseria al menos en las redes sociales. Como decía Kierkegaard esta época se nos aparece tragicómica: trágica por sombría, cómica porque aún subsiste.

La realidad de esta subida del precio del alquiler es que el 50% de los madrileños de entre 18 y 35 años siguen viviendo con sus padres. Al factor del aumento del coste del alquiler se le suman problemas como la dificultad para encontrar empleo (la cifra de paro juvenil se sitúa aun alrededor de un 33%) y la precariedad laboral: el 59,60% de los jóvenes entre 16 y 29 años de nuestro país tiene a día de hoy un contrato de tipo temporal y la media salarial entre jóvenes menores de 30 años es de 9.373 euros anuales. Esto conlleva que la media de edad de emancipación en España se sitúe alrededor de los 29 años y que cuatro de cada diez jóvenes tenga serias dificultades para llegar a fin de mes.

La consecuencia más brutal de este encarecimiento de la vivienda en Madrid son los desahucios. Madrid es la primera ciudad en la historia que es a la vez “ciudad libre de desahucios”, en palabras de nuestra alcaldesa Manuela Carmena, y la ciudad que acumula más desahucios por alquiler de toda España. Y todo esto ocurre en el centro de la capital paralelamente al desarrollo de la política del Madrid Central. Una propuesta que podría catalogarse de necesaria, pues es absolutamente necesario buscar mecanismos para reducir los altísimos índices de contaminación de nuestra ciudad, y cargada de buenas intenciones, pero de buenas intenciones está el infierno repleto, que diría el inteligentísimo refranero español. El Madrid Central favorece la habitabilidad del centro a costa de las dificultades en el acceso al trabajo, sin prácticamente alternativas de transporte público, y de convertir los barrios periféricos a la M-30 en zonas de aparcamiento masivas y por ende más contaminadas. El Madrid Central favorece un Madrid limpio para el turismo y los negocios, no para las capas trabajadoras.

Es por ello que la clase obrera de este país se ha cansado ya de buenas intenciones, de palabrería y de discursos que ignoran que la realidad está entrando por la ventana y que no solo aprieta, también ahoga. Por mucho que algunos se empeñen en cantar las bondades de un nuevo mundo líquido, digital y aséptico, lo que se abre paso por entre las grietas del día a día es lo de siempre, es el polvo y la sangre, es la desesperación de Antonio Ricci y Tom Joad, es el binomio permanente: opresores u oprimidos. Mientras se inundan de realidad las casas de las familias trabajadoras, Madrid se hace noticia estos días por ser el lugar en el que se ha producido el último capitulo de esta miniserie que es la bancarrota de la nueva socialdemocracia representada por Unidos-Podemos. Nuestra alcaldesa, sí, la de la ciudad libre de desahucios, ese entrañable producto político-publicitario en el que la nueva socialdemocracia, borracha de sí misma, armada de soberbia y autosuficiencia, individualizó toda su campaña y proyecto para el ayuntamiento de Madrid, ha resultado ser algo más que un títere amable y se ha rebelado contra padre y madre, abriéndoles una herida profunda y sangrante. Ya se sabe: cría cuervos y te sacarán los ojos.

La socialdemocracia ultima su nuevo viraje hacia el “centro”, enfrentando al crecimiento en el seno de la población de tendencias reaccionarias una afilada, punzante y agresiva moderación. El espectáculo de la bancarrota es grotesco, pero igual de grotesca resulta la pasiva complacencia ante el hundimiento. Peligroso enemigo, porque se camufla, es la crítica que partiendo de la necesaria oposición a las propuestas político-ideológicas que nada tienen que ver con los intereses de la clase obrera, no ve en esta una forma de señalar claramente a los propios trabajadores porqué esa no es la vía que va a solucionar sus problemas sino que demanda otra línea, otro rumbo, otorgando a la socialdemocracia la responsabilidad de representación de la clase y olvidando que el problema es que la socialdemocracia en sí misma, vista ropajes más o menos novedosos, está incapacitada para dar a los trabajadores algo más que migajas. La responsabilidad es nuestra, solo nuestra, de todos los trabajadores y trabajadoras, de nuestra fuerza organizada, de nuestra posibilidad para construir un país distinto, un país para la clase obrera. Así es como está planteada irremediablemente la cuestión: o la propuesta revolucionaria empieza a filtrarse en la cotidianeidad de las capas obreras y trabajadoras con la misma tozudez que la terrible realidad o cuidado, que ya se les advierte la fisonomía tras las nieblas del claroscuro a los monstruos. Aquí termina un artículo escrito con rabia.

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