En las movilizaciones de la clase trabajadora es frecuente ver a sus hijos e hijas. Menos frecuente, pero cada vez más, es también ver en movilizaciones estudiantiles a grupos de trabajadores que se acercan a apoyar. En todo ese ambiente es habitual escuchar la consigna: ¡Obreros y estudiantes, unidos y adelante!

Pero lo que parecía eso, un lema de apoyo, es mucho más en la Universidad Carlos III de Madrid. En aquella excelsa cumbre del conocimiento, en el sacrosanto lugar donde rige la razón, en la cúspide del saber, también saben que contratar a becarios en fraude de ley es más barato que pagar a trabajadores. Así se sacan becas que no son tal cosa. Estudiantes que cubren puestos que deberían ser del PAS (Personal de Administración y Servicios). Mediante este engaño, los estudiantes reciben mucho menos de lo que les correspondería si fuesen trabajadores, ahorrándose si fuera una jornada completa la Universidad más de 6.000 euros, calculados de cabeza y a matacaballo, por trabajador y año.

La Inspección de Trabajo, vigilante de las cotizaciones que dejan de percibirse, se da cuenta de esto y abre acta de inspección. Se calcula que cerca de 570 becarios sufrieron estas prácticas en los últimos cuatro años y por lo tanto la UC3M adeuda 1,5 millones de euros a la Seguridad Social.

Descubierto el muerto, la UC3M, lo esconde torticeramente debajo de la alfombra. De golpe y porrazo despide a todos los becarios. Les llega un SMS de Seguridad Social “vd. ha sido dado de baja”. Sin comunicación formal y lo más importante sin los trámites que se requieren en el Estatuto de los Trabajadores.

Lo que tantas veces había pasado, cambia esta vez. Los estudiantes organizados contactan con los sindicatos. CCOO demanda a la Universidad impugnando el despido colectivo. Así se pasa de la consigna al hecho. La organización conjunta de los estudiantes y de los trabajadores combate las peores prácticas empresariales, que a mayores jamás debió darse en un ente público.

Pero el negocio es redondo. Los y las estudiantes de la Universidad pagaban religiosamente sus matrículas. Con ellas y el resto de ingresos de la Universidad, vía impuestos, (el llamado salario diferido) se mantenía a institución pública. Con eso se pagaba a los profesores, los insumos y al propio PAS. Cabe aquí una reflexión que va más allá. La UC3M no debió actuar jamás así, pero no olvidemos los recortes que llevan sufriendo durante décadas las Universidades de manos de socialistas y de populares. Echando la vista atrás menos de veinte podemos recordar las luchas contra la LOU, contra el Plan Bolonia, contra el 3+2, y contra los tasazos que vinieron, que vienen y que están por venir.

Con todo se puede ser positivo. El mundo estudiantil cuenta hoy con una organización más desarrollada y estable en todo el estado, que tiene en el Frente de Estudiantes una herramienta superadora de las asambleas. Los frutos de la lucha ya no se disuelven desorganizadamente como un azucarillo cuando toca el café de la máquina de la biblioteca.

Los sindicatos de clase han dado un paso más y han comprendido que defender a los becarios, además de defender a los hijos e hijas de la clase obrera es defender sus propios intereses evitando que se tiren abajo sus condiciones laborales cubriendo puestos de una forma más barata.

La consigna ya no es más un grito. Es un hecho. El reto que hay por delante es si obreros y estudiantes podrán seguir coordinándose más allá de lo concreto. Si podrán defender no solo la correcta relación laboral, sino el conjunto de la Universidad como servicio público. Que aúnen sus fuerzas en esta tarea para defender una educación pública, gratuita, de calidad y al servicio de los intereses del pueblo trabajador es la siguiente consigna a convertir en hecho.

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