En los últimos tiempos, en que avanza posiciones la reacción más furibunda de la mano de ciertos sectores de la burguesía que se radicalizan y agrupan en torno a su programa de máximos, hemos tenido que asistir y confrontar discursos ideológicos que intentan volver a atar a la mujer a la pata de la cama, desandar lo poco andado en materia de igualdad, derechos sexuales y reproductivos, prevención y protección frente a la violencia que sufrimos las mujeres en el sistema capitalista.

Hagamos frente al avance de la extrema derecha, pero tengamos claro que, en el capitalismo, lo gestione quien lo gestione, no hay mal menor. Este 8 de Marzo, cuando conmemoramos la gesta histórica de las obreras que dieron a luz esta fecha, conviene recordar que, mientras no derribemos la dictadura del capital, las mujeres seguiremos siendo usadas como saco de arena , “esclavas del esclavo” pero sobre todo esclavas del amo, asegurando en el patio trasero de la intimidad del hogar la privatización de los cuidados, el abaratamiento de la reproducción de la fuerza de trabajo y el necesario airbag para todas las múltiples colisiones, contradicciones y fracturas que atraviesan el sistema de explotación capitalista .

Luchar contra quienes quieren devolvernos a la casa de Bernarda Alba, no convierte en bueno el programa del autodenominado Gobierno de Coalición Progresista, es decir de la socialdemocracia liberal y sus lacayos, para las mujeres trabajadoras.

Un programa, que despacha la cuestión de las tareas reproductivas y de cuidados invocando retóricamente la corresponsabilidad en el ámbito privado doméstico y no aborda la necesaria socialización de esas tareas, que habla de conciliación, pero no de reducción de jornada sin reducción salarial.

Un programa que reduce la igualdad salarial a una cuestión formal y legal sin apuntar a las causas de fondo de que las mujeres trabajemos menos horas en el mercado laboral, y siempre con un mayor índice de parcialidad y temporalidad en función de nuestras tareas de cuidadoras que nos colocan en categorías laborales inferiores y en los trabajos más precarios y peor pagados.

Un programa que, abordando retóricamente la cuestión del aborto, en la práctica no hace frente al deterioro del sistema público de salud en España, su privatización, el desvío hacia clínicas privadas desde la sanidad pública, que continúa convirtiendo nuestra salud sexual y reproductiva en negocio para los grandes monopolios de la sanidad privada y en inaccesible para muchas mujeres de la clase trabajadora. Un programa que no cuestiona la religión en la escuela pública ni los conciertos con la iglesia, con lo que eso conlleva en el plano de la supuesta “educación para la igualdad” que dicen promover.

Un programa que no plantea ilegalizar la prostitución, como si de verdad miles de mujeres y niñas en condiciones de extrema vulnerabilidad pudiesen elegir libremente no prostituirse en España, donde las mafias convierten en su mejor negocio la entrada de miles de mujeres y niñas procedentes de África y América Latina huyendo del hambre y la guerra imperialista.

Un programa que dice rechazar los vientres de alquiler y promete actuar contra aquellas agencias que ofrecen y promueven esta explotación de la mujer. Pero no hablan de cómo lo harán con aquellas empresas que no sólo ocultan su actividad en plena calle, sino también en el registro mercantil, camuflando su actividad bajo “consultorías” u otros ejercicios, mientras que las madres de alquiler residen por ejemplo en Ucrania o Georgia, donde la gestación subrogada sí está permitida. Empresas que llevan ya años actuando en España como intermediarias y cuidándose de que nunca se firme nada en el país, sino que todo el papeleo se lleve a cabo en la residencia de la mujer alquilada. Por lo que todo apunta a que esta práctica se seguirá realizando y permitiendo de manera encubierta.

Un programa que no aborda las terribles violencias que sufrimos, más que desde la perspectiva judicial, legal, penal, punitivista e individual, planteando una reforma del Código Penal que sólo servirá para afilar las herramientas represivas del estado sin resolver la violencia contra las mujeres, violencia que no puede entenderse ni combatirse separadamente del resto de violencias emanadas de la dominación capitalista.

La crisis capitalista de imprevisibles dimensiones que se avecina según todos los indicadores, profundizará la división sexual del trabajo, privatizará más aún los cuidados en el marco de las familias, aumentará la carga de trabajo para las mujeres y el deterioro de sus condiciones laborales.

A quienes nos dicen que éste es el único programa posible, digámosles que no es el programa necesario. En el capitalismo, lo gestione quien lo gestione, no conquistaremos una vida digna para nosotras y para nuestros hijos e hijas. Organicémonos en torno al programa independiente de la clase obrera, el programa necesario para construir una sociedad libre de todas las formas de la violencia, la explotación y la opresión.

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