La Casa Blanca, Washington, 2020. Imagen: Reuters.

La imagen es un tumulto de humo y sombras donde al fondo se intuye la casa presidencial. En el primer plano manifestantes, en un segundo plano gases, policías y la estatua ecuestre de Andrew Jackson, el séptimo controvertido presidente conocido por afianzar la limpieza étnica de nativos americanos en el s. XIX. En el Parque Lafayette el caballo de Jackson se alza sobre las dos patas traseras y se rodea de cañones, de esos del Risk. Es una imagen icónica que conocemos de memoria, por cierto, de buenas películas del mundo libre. Parece anecdótico, pero el pórtico norte de la Casa Blanca no aparece iluminado. Es casi imposible encontrar una foto del edificio visto desde el número 1600 de la avenida de Pensilvania apagado y sitiado por manifestantes, como blanco directo de la ira popular. Tan especial es todo que Trump tuvo que esconderse en el bunker del edificio. En esa avenida y frente al histórico edificio, hay fotos de marchas masivas del KKK en los años 20, del movimiento contra la Guerra de Vietnam en los 60, por los derechos civiles o en la marcha del “millón de hombres” de los 90. Pero nunca sitiado, debilitado, apagado. La imagen nos la regalan las movilizaciones populares contra el nuevo asesinato racista. Lo habitual, pero la acumulación de gente y rabia en la calle son sinónimo de algo histórico.

Las manifestaciones diarias que viven los EEUU han reavivado las tensiones raciales a un ritmo frenético. Nunca se fueron, siempre han estado ahí. Visibles por todos pero invisibles para los que mandaban. Los resortes donde se sustenta la discriminación parece intocables, pero no lo son para el que quiera entender. De golpe, día a día, cada incendio y enfrentamiento ha acelerado todo. Es un Mad Max de vídeos e imágenes digno de un levantamiento popular que nadie quiere nombrar. Al menos 39 ciudades y condados se acuestan con toque de queda diario, incluídas Washington, Los Ángeles y Chicago. Pero no hay toque de queda que frene la ira por un nuevo asesinato racista a manos de la policía. La diferencia con otros es que este sí que parece ser la gota que ha colmado el vaso.

Se ha movilizado a la Guardia Nacional y espera órdenes la 82 División Aerotransportada. En los últimos 50 años, sólo se ha lanzado al ejército a las calles en las películas, para contener la desesperación de afroamericanos hambrientos después de que el huracán Katrina anegase de agua la ciudad de Nueva Orleáns en el 2005 y en los disturbios raciales de Los Ángeles de 1992. Desde el asesinato de Martin Luther King no se recuerda algo parecido. En la Casa Blanca han sido muy lentos para detener la pandemia pero muy rápidos para intentar frenar el levantamiento.

Un estudio revela que en Estados Unidos un negro tiene más probabilidades de morir a tiros por un policía que de que le toque la lotería, exactamente 1 de cada 1000. La estadística es más del doble si eres negro o latino que si eres blanco. Entre 2013 y 2018 la violencia policial fue una de las principales causas de muerte entre los jóvenes y en el 2017 la policía mató a 1147 personas. El 25% de ellos eran afroamericanos, cifra altísima teniendo en cuenta que son sólo el 13% de la población. Un cuerpo policial que se militariza cada vez más, como si no fuera suficiente. El informe habla de un legado histórico de la esclavitud y de una actitud que pervive generación a generación, como un mal irremediable.

En la nación de las barras y estrellas, el rojo es el de la sangre de nativos y especialmente de afroamericanos. Se calculan unos 4.000 linchamientos desde finales del s. XIX hasta después de la 2ª GM. En el Verano Rojo de 1919 murieron al menos 250 afroamericanos víctimas de turbas racistas. Se quemaron aldeas enteras en los años en los que el Ku Kux Klan era una organización muy extendida que actuaba con impunidad.

Una violencia y un racismo histórico, estructural, sustentado en una orgullosa sociedad de clases, que permiten palpar una tensión ambiental para los trabajadores negros. Nótese el matiz, las víctimas son mayoritariamente de extracción obrera. Es un racismo barnizado de un sutil clasismo. Uno de cada cuatro reclusos es afroamericano y evidentemente no es rico, nace en la periferia obrera. Una brutalidad policial constante que hace que cualquier persona que no tenga un perfil WASP (Blanco, anglosajón y protestante, por sus siglas en inglés) tiemble ante una detención. ¿Le tocará hoy a él? En estas condiciones se entiende que un policía de Mineápolis asfixiase durante más de 8 minutos a George Floyd. Para él era un negro más, otra víctima de un sistema que año a año se perpetúa violentamente. Lo raro era no hacerlo. Los viandantes grabaron y avisaron al policía de que lo estaba matando. George les contestó con un premonitorio “me van a matar”, sabía perfectamente su destino. Ese día la estadística de muerte casi diaria a manos de la policía iba a ser él, en el 2019 fueron cientos, era lo lógico. Antes de morir le suplicó al poli: “no me mates. No puedo respirar”. El viejo ritual de asesinato racial se repetía de nuevo en el 2020, en el año de la nueva normalidad y la responsabilidad social.

El racismo pesa en la atmósfera norteamericana desde hace décadas, lo impregna todo. En esas condiciones, lo natural es no poder respirar pero lo lógico es luchar para que los que no respiren sean ellos. Esperemos que la Casa Blanca en penumbra sea la imagen del nuevo tiempo histórico.

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