Imagínense que son los hermanos Howard en Comanchería, sentados en vuestro recién robado Ford Mustang. Una carretera parece no tener fin en un campo al oeste de Texas. De repente otra la cruza, la ‘intersecta’. Una carretera es la ‘raza’ y la otra es el género. De repente se cruza otra carretera y otra y otra. La nacionalidad, la orientación sexual, la lengua, la clase… Todas las carreteras representan diferentes opresiones que observamos en la sociedad en la que vivimos. Estas formas de opresión no serían independientes sino que actuarían de forma interrelacionada y sin una jerarquía previamente definida.

Como podemos observar por el retrovisor de nuestro Mustang la interseccionalidad afronta cuestiones de vital importancia para todas las personas con conciencia social. Sin embargo, ¿son todas las carreteras iguales? ¿Quién las asfaltó? ¿Cuándo fueron construidas? ¿Lo fueron todas a la vez? ¿Hay autovías y caminos secundarios? ¿Todas conducen a Austin? Todas estas preguntas tienen difícil respuesta en el laberinto sin salida de las conjeturas que presenta la interseccionalidad.

La sociedad está organizada en base a la actividad productiva del ser humano. Vivimos en una sociedad de clases en la cual la mayoría trabaja para una minoría. Analizar los fenómenos en base a la objetividad que nos ofrecen las clases sociales nos asegura un acercamiento certero a la realidad. Empieza a divergir nuestro punto de partida con el de la interseccionalidad. En este punto de nuestro camino cabe frenar el Mustang, ponerse las Ray-Ban, mirar al horizonte y pararse a distinguir entre opresión y explotación.

El racismo, el machismo, la homofobia y el resto de opresiones son consecuencia de un sistema económico basado en la explotación: el capitalismo. La explotación no es un señor (o señora) esclavista dando latigazos a ‘sus’ trabajadores negros para la recogida del algodón sino la apropiación privada de la riqueza obtenida socialmente. La explotación es la base de la acumulación capitalista y la sufrimos todos los trabajadores día a día.

Ahí está precisamente el origen de la desigualdad y de las opresiones. Las opresiones son múltiples pero su causa es singular. La ‘raza’ no causa el racismo, ni el género causa el machismo. La causa de las opresiones es la explotación capitalista. Ésta debe ser nuestra autovía, nuestro circuncentro, nuestro marco de análisis. Sólo así podremos encontrar la salida del laberinto, abrir la puerta de la emancipación.

Así pues el modelo alegórico para explicar y transformar la realidad no sería el de los caminos entrecruzados que presenta la interseccionalidad sino el del árbol. Un árbol que representa el capitalismo y donde las raíces son la propiedad privada de los medios de producción, el tronco la explotación capitalista y las ramas las diferentes opresiones. Atacar las opresiones una a una, sin acudir al tronco y a las raíces, parece tener poco sentido. Todo horticultor sabe que la poda del árbol fortalece las ramas. ¿No tendría más sentido arrancar el árbol de raíz y sembrar otro del que no germine explotación ni, consecuentemente, opresión?

Los caminos de la interseccionalidad nos conducen al callejón de la diversidad. La diversidad existe desde que comienza la vida, hace nada menos que cuatro mil millones de años. La diversidad es una ventaja evolutiva de la que se ha dispuesto la vida en todas sus formas a través de mutaciones y otros mecanismos de adaptación. La multiplicidad de identidades en apariencia se presenta como positiva, moderna, plural, cool. Y, en efecto, la clase es heterogénea y bella en su diversidad. Pero en su diversidad la clase es una y sus intereses únicos. La sectorialización de las luchas de la clase en categorías no definidas por nuestra relación frente a los medios de producción son señales que nos atrapan en el laberinto, cruces de caminos en los que no encontramos salida.

La mayoría, aunque cuenta con la ventaja de ser más, no se rebela. Luchas fugaces y parciales nos rodean. Hoy por nuestros derechos ‘raciales’, mañana nacionales, ayer de género, pasado sexuales, en tres días por la salud del planeta y en cuatro por una fábrica que se deslocaliza. Dividir en grupos aislados a la mayoría parece una buena estrategia para dificultar que ésta perturbe el poder de la minoría.

El marxismo niega que el racismo sea una corriente de pensamiento que siempre haya existido, intrínseca a nuestra naturaleza. Por contraposición el racismo es consecuencia de la esclavitud y la sociedad de clases. La esclavitud está en el origen del capitalismo como elemento fundamental de la acumulación originaria. La razón primitiva del racismo ni es biológica ni cultural, es económica. Esta es la base de la explicación científica sobre la que se asienta el racismo. El racismo no es sino la forma de racionalizar y normalizar la esclavitud, la explotación, la opresión. Marx lo explica en una carta fechada el 28 de diciembre de 1846 dirigida a Pavel Annekov:

“La esclavitud directa es un pivote de nuestro industrialismo actual, lo mismo que las máquinas, el crédito, etc. Sin la esclavitud, no habría algodón, y sin algodón, no habría industria moderna. Es la esclavitud lo que ha dado valor a las colonias, son las colonias lo que ha creado el comercio mundial, y el comercio mundial es la condición necesaria de la gran industria mecanizada. Así, antes de la trata de negros, las colonias no daban al mundo viejo más que unos pocos productos y no cambiaron visiblemente la faz de la tierra. La esclavitud, es, por tanto, una categoría económica de la más alta importancia.”

Esta relación entre capitalismo, esclavismo y racismo se extiende hasta el día de hoy. La esclavitud ya no adopta las formas del S. XIX, hoy la ‘esclavitud’ es asalariada. En los últimos años incluso adopta formas de un falso trabajo por cuenta ajena. Millones de trabajadores en el mundo comienzan a pagar por trabajar. Es la denominada uberización de la economía. No es casualidad que empresas como Glovo o Deliveroo sustenten sus beneficios sobre el trabajo de riders inmigrantes sin papeles que se ven obligados a subalquilar cuentas a otros trabajadores. Así ya tenemos riders de primera, segunda y tercera categoría. El enfrentamiento está servido. La victoria de Glovo frente a todos los púgiles asegurada. Es solo un ejemplo que demuestra el papel decisivo en la combinación del racismo y el capitalismo para aumentar la explotación.

Los inmigrantes latinos ganan un 38% menos que los españoles, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). La UGT publicaba en 2019 otro informe con conclusiones similares: los inmigrantes ganan 675 euros menos de salario medio que la población española de origen no migrante. Al aumentar los niveles de explotación del trabajador inmigrante los capitalistas pueden reducir aún más los salarios y las condiciones de vida de la clase obrera en su conjunto. Por esta razón, la lucha contra el racismo debe ser necesariamente una lucha contra el capitalismo.

¿Habéis observado en alguna ocasión a la patronal enfangada en los caminos de la interseccionalidad? ¿Enfrentada por motivos raciales, de género o de orientación sexual? Ellos y ellas lo entienden a la perfección. Nuestra clase aún no. Nuestro deber es explicarlo.

No Comments Yet

Comments are closed

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies