Trabajadores hacen cola en Madrid para recoger alimentos.

Resulta sencillo imaginar una hilera de personas esperando en fila unas detrás de otras. Ahora, guardando más distancia entre ellas. La dificultad comienza cuando tenemos que incluir en esta imagen hacia dónde se dirigen.

Su destino es lo que nos impide visualizarlo con claridad sin que se nos revuelvan las tripas. Saber el origen y el destino de esta hilera de personas nos hace conscientes. Conocer cuál es la fuerza motriz que las lleva a ocupar un puesto en estas filas es lo que nos hará cambiarlo.

Parece una pesadilla para todos aquellos que en cuestión de horas han pasado a esperar su turno para un lote de comida y productos básicos. De un día para otro, a las miles de familias en situación de pobreza que ya no podían costearse estos bienes de forma autónoma, se suman otras miles. Familias enteras en situación de desempleo; sus miembros afectados por ERTEs que, más de tres meses después, siguen sin cobrar; situaciones de vulnerabilidad cronificadas; ausencia de Servicios Sociales de calidad capacitados para la atención de una realidad que se extiende como el virus.

Nadie se iba a quedar atrás, decían. Y cuando esperando miran atrás, los demás siguen ahí. Día tras día, hay alguien detrás de cada uno de ellos esperando a lo mismo. Y aunque el turno se acabe, aunque el reparto finalice, mañana vendrá el siguiente. A veces, incluso los últimos no podrán disponer de aquello por lo que han esperado porque son tantos los que siguen atrás, que no habrá suficiente.

En pleno estallido de esta nueva crisis, nos dijeron que era necesario dejar la reivindicación de lado mientras dábamos respuesta a la emergencia que se daba en todos los ámbitos: el pueblo salvando al pueblo sin rechistar ¿Acaso ha sido alguna vez nuestro cometido aceptar los golpes que recibe nuestra clase sin respuesta?

Mientras tanto, la insistencia de los medios de comunicación en retratar esta realidad con el único objetivo de naturalizarla sin que nada cambie; de que las iniciativas vecinales gracias a las que hoy muchas personas tienen un plato de comida, se integren dentro del sistema como parche permanente a la desigualdad de la que se nutre. Estas están compuestas principalmente por trabajadores que, en solidaridad con sus vecinos, se han organizado para dar respuesta a esta problemática a través de las recogidas de alimentos, donaciones, elaboración de los lotes, llamadas telefónicas, turnos para los repartos, etc.

Hablamos con una vecina del distrito madrileño de Vicálvaro que se encuentra llevando a cabo el trabajo que se realiza en una despensa solidaria en su barrio y nos cuenta que, cuando estalló la crisis, los teléfonos no paraban de sonar. La demanda, tan elevada, les llevaba a tener lista de espera de varios días e incluso semanas, llegando a atender hasta 90 familias con cita previa en una semana. Además, nos habla sobre los esfuerzos que requiere poner todo en marcha y las dificultades añadidas, haciendo hincapié en que las donaciones particulares y los recursos humanos no serán eternos y deben hacerse cargo la Administraciones.

La escasez de recursos económicos habrá venido para quedarse en muchos hogares del país, por lo que, quienes hoy han hecho un esfuerzo para apoyar precisamente con esos recursos a quienes menos tenían, no podrán mantenerlo en el tiempo. Muchos de estos trabajadores que pusieron en marcha estas iniciativas, se encuentran a su vez en situación de ERTE y para algunos de ellos, volverá a sonar el despertador a las seis de la mañana; volverán a la ausencia de tiempo fuera del centro de trabajo.

No dejaremos que nos echen a la espalda la responsabilidad de paliar la miseria que genera la continua búsqueda de beneficio con la complicidad de quienes gobiernan. Tendernos la mano en los peores momentos debe ir acompañado de una reflexión; de la organización conjunta de quienes están a un lado y a otro de las colas del hambre; de tener claro que la realidad que estamos sufriendo los trabajadores dista mucho de quienes no tienen hoy el riesgo de padecerla y que son los mismos que nos empujan a empeorar nuestras condiciones de vida día a día.

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