En 1822 Brasil declaró su independencia de Portugal, harta del expolio de sus recursos mineros y forestales, e impuso el lema “Orden y Progreso”. En 2018, Brasil es un país extraordinariamente rico que casi dobla en PIB a países como España, pero con una desigualdad tal, que 6 personas poseen las mismas riquezas que los 100 millones más pobres del país, casi la mitad de la población.

Es en esta situación en la que Jair Bolsonaro, ex-militar y bocachancla profesional, acaba de ganar las elecciones presidenciales prometiendo acabar con la corrupción e instaurar el “orden” en el país —ametralladora en mano— aunque fuera a costa del progreso, y amenazando de paso a los partidos de izquierda y a los movimientos sociales obreros y campesinos que luchan contra los grandes monopolios brasileños. Y es que estas elecciones, al igual que otras anteriores en otras partes del mundo, nos recuerdan tres lecciones históricas: que vivimos en la época del imperialismo, que la socialdemocracia es el preludio de la reacción y que la única salida pasa por la organización consciente. 
Porque Brasil es un país para los grandes monopolios, un país perteneciente a los BRICS al que, precisamente por su posición puntera en el sistema mundial, la crisis internacional le ha pasado especialmente factura, agravada de hecho en este mismo 2018. Brasil, como país imperialista, ha reaccionado —nunca mejor dicho— en clave imperialista: votando a la opción que mejor defendía los intereses de sus monopolios. El voto de los brasileños ricos, conscientes de la existencia real de la lucha de clases, ha sido para la ultraderecha. Vivimos en la época del imperialismo, cuando el viejo mundo se muere pero el nuevo aún no ha aparecido. Es la época del claroscuro, la época de los monstruos como Bolsonaro. 
Y si el voto de los más ricos ha sido masivo, el de los pobres ha sido mínimo. En la primera vuelta la abstención llegó a un histórico 20,3%. En la segunda subió un punto más. Un castigo durísimo al PT, el partido de Lula y Dilma, esta vez representado por Fernando Haddad pero que ni aun así se ha quitado el sambenito de la corrupción que le acompaña mediáticamente y que Bolsonaro ha aprovechado para hacer campaña. La gestión de la socialdemocracia brasileña, como tantos gobiernos progresistas en Latinoamérica, ha producido otro descontento popular -uno más- que se ha saldado en unos resultados como los que ha habido. Las elecciones brasileñas no son solo una victoria de la reacción, sino una muestra de las limitaciones de gestionar el capitalismo con un “rostro más amable”. La socialdemocracia ha vuelto a ser el preludio de la reacción.

No todo está perdido, sin embargo. La época de los monstruos termina cuando el nuevo mundo aparece por fin. Conseguirlo no es un camino fácil ni corto, ni siquiera cómodo, pero sí eficaz, porque se basa en algo mucho más grande que el individuo: la clase social. Para acabar con los monstruos, hay que entender que se pertenece a una clase social, la clase obrera, que ha de dar una lucha organizada en cada centro de trabajo, de estudios y en los barrios, una lucha para organizarnos a nosotros mismos y a nuestros compañeros de trabajo, de estudios y vecinos, no sólo para frenar a la ultraderecha sino para construir una sociedad donde no se conciba su existencia como defensora del capitalismo; en definitiva, una lucha colectiva por traer el nuevo mundo. El viejo mundo que representa el capitalismo en su fase imperialista ya no puede traernos más que nuevos Bolsonaro, los representantes del “orden” pero no del “progreso”. De nosotros depende que no sea así.

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