Como ya hicieran nuestros padres y abuelos, trabajadores de todas las regiones de España se enfundan el traje de migrante para buscar el pan en los campos franceses. Aquella, la España de los señoritos; esta, la de los capitalistas inversores. Los viejos no bajaban del caballo. Hoy los caballos tienen ruedas y no pisan el barro. Aquella España en blanco y negro queda lejos pero como entonces el trasfondo es el mismo. Y es que el papel de la migración, en esencia, no ha cambiado un ápice. En busca de nuevas oportunidades frente a donde no las hay, en busca de mejores condiciones. Ellos, mayor beneficio, menores costes. Se ha hablado mucho de los salarios más altos, poco del poder adquisitivo que representa y de las condiciones en que se trabaja. Menos aún de la renuncia que implica el alejarte de familia y amigos, de tu entorno más cercano.

Una vez atravesada la frontera, el espejismo se desvanece; se manifiesta la realidad. La población migrante española desconoce en gran medida el marco laboral legal vigente. Ni qué decir que no dominar el idioma es un limitante común. Esto es bien sabido por los patrones más avispados, quienes incluso obstaculizan la contratación de franceses.
Cuando se les permite nos roban más salario no reconociendo el incremento por hora extra trabajada y con indemnizaciones de fin de contrato desinfladas o inexistentes. Nos exigen total flexibilidad en los días y horarios de trabajo, con jornadas continuadas sin pausas. Es habitual el empleo de productos tóxicos sin medida alguna de protección. Los más afortunados disponen de vivienda insalubre e inhabitable previo pago de un alquiler. Empresas de Trabajo Temporal Españolas se lucran del negocio, ofreciendo mano de obra barata y obediente, tan valorada en los tiempos que acontecen. Si bien los salarios son generalmente más altos, el poder adquisitivo no se corresponde. El precio de los bienes básicos de consumo, y el coste de la vida, son mayores que en España, de manera que llegar a fin de mes no es tarea sencilla.

A esta situación hay que dotarle de una visión diacrónica, más amplia. No siempre fue igual y no siempre lo será. Al igual que en España, Francia es el país del gran capital, de los grandes monopolios, y como tal ejercen su dominación sobre la clase obrera que habita en él. Así que los ataques a nuestros derechos e intereses es una constante diaria. El movimiento obrero francés lleva inmerso años en una dura batalla por frenar las embestidas de la patronal. El Estado busca reorganizar, en favor de la burguesía, el marco de explotación ajustándolo a las condiciones que surgen en cada momento. En 2016 se aprobó una reforma que flexibilizaba la legislación laboral, facilitaba y abarataba el despido, dando más poder a las empresas por encima de la organización sindical, haciendo caso omiso a la protesta social. Recientemente tiene su continuación en la reforma de los ERTE, derogación en marzo de los artículos del código del trabajo otorgando al empresario el poder de imponer los días de vacaciones y días de descanso semanal, ampliar la jornada a 12 horas diarias y 60 semanales, y reduciendo el descanso entre jornadas a 9 horas. Pues bien, ante la caída del PIB francés en 2020 de alrededor del 10% y la desorbitada deuda pública prevista a fin de año (121% del PIB), avanzará sin duda en este camino, ya sea aprobando definitivamente la reforma de las pensiones o de las prestaciones por desempleo, ya sea buscando nuevas fuentes de beneficios mediante reforma integral del Estatuto de los Trabajadores, nuevos impuestos o reforma de la Seguridad Social.

Y mientras tanto guardamos en la retina imágenes de temporeros en Huelva, Almería, Murcia, Huesca o Lleida, afinados en campamentos de chavolas, malviviendo en condiciones insalubres, con tratos humillantes, con jornadas interminables y salarios que no alcanzan. Tierras sin cultivar, propiedad de grandes terratenientes. Tierras propiedad de administraciones públicas sacadas a subasta. Jornaleros haciendo las maletas.

Desprovistos de nuestras organizaciones para la lucha, el Estado tiene vía libre para implementar todo tipo de políticas antiobreras. La tasa de sindicalización en Francia es menor del 10%, con una muy poca afiliación en el campo. En consecuencia, el único camino es claro: integrar y reforzar las organizaciones sindicales independientemente del lugar en que trabajemos. Reforzar el Partido para situar nuestras necesidades por encima de sus beneficios. No existe un futuro fuera. La realidad política Española no es una anomalía, una excepción, ni el hermano rezagado de europa. El problema no es exclusivo de España, el capitalismo obedece los mismos intereses en cualquier país. Sólo el poder transformador de la clase obrera podrá poner fin al curso de la explotación. Y así un día no habrán más señoritos, ni a caballo ni en automovil.

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