Mientras se termina de preparar esta edición de nuestro periódico, llega el segundo centenario del nacimiento de Friedrich Engels, coautor junto a Karl Marx del Manifiesto Comunista.

Doscientos años después, y más de ciento cincuenta tras la aparición del Manifiesto, conviene tener bien presente aquella frase que en ocasiones se le atribuye a Marx y en ocasiones a Engels, que dice que “El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”.

Recordar el carácter de clase del Estado y la subordinación de todo Gobierno que respete las leyes del sistema capitalista a los intereses de la clase dominante, es actual y necesario, porque estamos viviendo unos momentos complejos, en los que la independencia de criterio – de criterio clasista – es sumamente necesaria.

Llevamos meses viendo cómo sectores sindicales, políticos y sociales vienen actuando como palmeros de las decisiones del Gobierno de coalición socialdemócrata, utilizando como argumento la manida frase de que “la alternativa es peor”. La pelea entre el PP y VOX por la hegemonía en el bloque derecho del capitalismo español -una vez que Ciudadanos está casi desaparecido del escenario-, pelea que se sustancia básicamente en ver quién grita más alto y con más cara de mala leche eso de que tenemos un Gobierno “socialcomunista”, le viene de perlas a la socialdemocracia para instalarse en un discurso y en una práctica que hacen pasar por “social”, “progresista” o “a favor de los trabajadores y trabajadoras”, aunque tenga muy poco de eso y mucho de administración de los negocios comunes de toda la clase burguesa.

Habrá quien se lleve las manos a la cabeza ante estas afirmaciones y saque a colación argumentos como que “los ERTE han impedido la destrucción de empleo”, que “el ingreso mínimo vital sacará a muchas familias del hambre” o el hilarante “hay comunistas en el Gobierno”. A todas esas personas que se lleven las manos a la cabeza con nuestras afirmaciones, aparte de ofrecerles datos y ejemplos en estas páginas y en otros materiales, nos queda pedirles un poco de paciencia y decirles con camaradería que les esperamos dentro de unos meses para organizarse con nosotros en la pelea por sustituir los negocios comunes de toda la clase burguesa por los intereses comunes de toda la clase trabajadora.

Con la crisis actual, en la que la terrible pandemia está siendo a la vez catalizador y cortina de humo que impide a mucha gente ver la realidad del capitalismo español y mundial, estamos siendo testigos de cómo la clase burguesa aprende de su experiencia y modifica sus tácticas para no perder legitimidad entre la mayoría trabajadora. De hecho, si han aguantado – como clase – las sucesivas crisis de su sistema, es precisamente porque la mayoría explotada sigue pensando que no hay otra alternativa viable al actual estado de cosas o que, a lo sumo, existe la posibilidad de un capitalismo “diferente” en el que la realidad de la explotación quede semi-oculta -en los países colocados más arriba en la pirámide imperialista, claro- por la existencia de determinados servicios públicos, de ciertas ayudas sociales o de ciertas normas legales que limiten la extracción de plusvalía por el patrón.

El papel de ilusionista, en lo que se refiere a la lucha de clases, siempre lo ha jugado la socialdemocracia. Y, francamente, hay de decir que históricamente ha ejecutado su papel con bastante habilidad, de ahí que hoy las aspiraciones revolucionarias de buena parte de la mayoría trabajadora y las simpatías por la revolución de otras capas sociales estén bajo mínimos o, lo que es peor, se homologuen casi al cien por cien con las tesis de perfeccionamiento del capitalismo que defienden los viejos y los nuevos socialdemócratas, considérense herederos de Phillip Scheidemann, de Willy Brandt, de Alexis Tsipras o de todos ellos a la vez.

Las ilusiones de la socialdemocracia se visten de presupuestos generales, de leyes educativas o de planes de vacunación a dos meses vista sin que todavía haya una vacuna viable encima de la mesa. También se disfrazan de miles de millones entregados (nada es gratis) por esa alianza de capitalistas que es la Unión Europea y que sólo van a servir para adaptar aún más la industria y la economía españolas a las necesidades que tienen los capitalistas de encontrar nuevos nichos de mercado desde los que tratar de conseguir nuevas ganancias. Pero detrás del artificio y la ilusión no hay nada, sólo el abismo de un capitalismo que sólo puede sobrevivir a costa de que la mayoría trabajadora malviva.

Quizás éste sea el enésimo texto en Nuevo Rumbo en el que se critica a la socialdemocracia. Hay quien nos acusará de “hacer el juego a la derecha” por atacar al Gobierno de coalición. Nos dirán “maximalistas” y, los que aún recuerdan que algún día fueron comunistas, nos contarán aquello de que lo marxista es “coser heridas”, como decía en una entrevista reciente la ministra de Trabajo. Digan lo que quieran, a nosotros nos basta ahora con recordarle a la señora ministra dos cosas: que lo marxista es poner los medios para que no nos hieran nunca más. Y que siempre conviene tener fresco a Engels.

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