Una escuela para la vida: algunas ideas y experiencias de la militancia comunista

Hace una década comencé a militar en los Colectivos de Jóvenes Comunistas. Diez años cruciales. Quién me iba a decir que estaba tomando una de las decisiones más importantes de mi vida. Miro hacia atrás y recuerdo muchos momentos con ternura e ilusión. La rabia y el nervio de las primeras movilizaciones en el instituto, las discusiones en las reuniones de la asociación, presentar el sindicato en lugares recónditos para organizar a un puñado de estudiantes… todo aquel trabajo fue moldeando mi conciencia y mi concepción del mundo hasta el día de hoy.

Tengo la suerte de haber coincidido con camaradas que hoy siguen en el proyecto comunista. Otros dieron la espalda a la realidad. Renunciaron. Y me pregunto cómo se puede renunciar ya no sólo a la militancia comunista, sino a la «conciencia de clase». Hace algunos días releía una carta de Antonio Gramsci escrita a su mujer, Julia Schucht, que hablaba sobre el «instinto de rebelión» que el comunista italiano había identificado desde niño y que se dirigía contra «los ricos». Una suerte de protoconciencia que ya vislumbraba, a pesar de su corta edad, el conflicto de clase y la necesidad de «rebelarse» contra una capa social privilegiada, todavía formulada en términos algo difusos («los ricos»), pero que poco a poco iría dando forma a las ideas del que años más tarde sería secretario general del Partido Comunista de Italia. A menudo vuelvo sobre esta carta tratando de encontrar el primer momento en el que yo experimenté algo parecido a ese «instinto de rebelión». Mi madre ha trabajado siempre limpiando las casas de esos «ricos». Recuerdo que uno de los tipos para los que limpiaba era un empresario que dejó de pagarle durante varios meses. Por supuesto, ella no tenía contrato y no estaba dada de alta en la Seguridad Social. La empresa que tenía quebró, él se marchó del país y le dejó a deber a mi madre casi dos mil euros. Yo tendría unos 9 o 10 años en aquel momento y experimenté una profunda sensación de injusticia, de no saber bien por qué estaba pasando aquello y sobretodo: ¿había alguna forma de que no quedara impune?

Las respuestas no las obtuve hasta varios años después, una vez que comencé a participar en movilizaciones como la Huelga General de 2012. Por aquellos años tan sólo contaba con algunas nociones casi instintivas de cómo interpretar el mundo, pero poco a poco estas fueron tomando cuerpo bajo el prisma de las ideas comunistas. La militancia no implica solamente un aprendizaje en términos estrictamente de «lucha» o de «formación», sino que afecta a todas las esferas y ámbitos de nuestra vida. Afecta, por supuesto, a cómo nos relacionamos con el mundo y con las personas que nos rodean, afecta a cómo enfrentamos los problemas propios y ajenos, a tener una visión lo más objetiva posible de la realidad y a ser pedagógicos en nuestra vida cotidiana. Por tanto, dentro de este marco de trabajo militante se crean poco a poco las condiciones para una nueva forma de relaciones sociales, que aunque mediadas por la dominación capitalista y la reproducción de muchas de las viejas costumbres, suponen el germen de unas relaciones de tipo superior fundamentadas en principios como la solidaridad o la cooperación entre iguales.

¿De qué forma puedo incorporar la crítica y la autocrítica no sólo a mi trabajo militante sino a todo lo que rodea mi actividad vital? ¿Miro el mundo a través de la estrecha mirilla del individualismo o a través de la amplia ventana de «lo colectivo»? A mi juicio, es necesario que nos formulemos preguntas como estas para avanzar en esas nuevas relaciones sociales. No se trata de hacer una consulta psicológica sobre cómo mejorar mi vida y resolver todos mis problemas, al contrario, se trata de poner en valor nuestra concepción del mundo a través de la superación, poco a poco y de forma organizada, de aquellas limitaciones y deficiencias que se dan actualmente en las relaciones con amigos, compañeros de curro o con tu pareja. Lenin, en su memorable intervención en el III Congreso del Komsomol, reflexionaba sobre las tareas de la Juventud Comunista y afirmaba que «la comunidad del trabajo no se crea de repente. Es imposible. No cae del cielo. Hay que lograrla tras largos esfuerzos, tras largos sufrimientos, hay que crearla, y esto se crea en el transcurso de la lucha». Por tanto, es imprescindible que todo joven aproveche para aprender esto durante su etapa de militancia en la Juventud Comunista, que dé pasos en esa dirección y, volviendo sobre el discurso de Lenin, «ligando cada uno de estos pasos de su instrucción, de su educación y de formación a la lucha incesante de los proletarios contra la antigua sociedad de los explotadores».

Por otro lado, el periodo de militancia dentro de la Juventud es un tiempo donde florecen nuevas habilidades y se desarrollan otras tantas del pasado. Con todos los camaradas que he hablado recientemente sobre este asunto me han manifestado que si no hubieran militado, la mayoría de ellos no hubiera aprendido esto o aquello, eso o lo otro. Lo diferencial en este aprendizaje es que no es individual y que se produce bajo el paraguas de lucha del Partido Comunista. Por tanto, todo nuevo aprendizaje de, por ejemplo, una herramienta técnica que contribuya a mejorar el trabajo de la organización, es una forma de multiplicar nuestras capacidades colectivas, rebasando por completo el aprendizaje individual y situándonos más cerca del horizonte revolucionario.

Para cerrar este artículo, creo necesario reflexionar también sobre las formas de organización de cada militante y el tiempo dedicado a labores como el estudio, el deporte o las propias tareas militantes. Mi experiencia ha sido siempre intentar aprender de aquellos camaradas que mejores dotes tenían para su particular organización de la vida en general. Creo que esto es importante. En alguna ocasión he escuchado (y seguramente haya dicho) aquello de que «en tan sólo 24 horas no me da para todo lo que tengo que hacer» y es verdad, en veinticuatro horas es realmente complicado compaginar de forma adecuada y saludable el trabajo asalariado, los estudios, la militancia, las relaciones sociales o el descanso, entre otras muchas cosas. Sin embargo, es importante organizar nuestro tiempo inteligente y racionalmente, planificando de forma consciente nuestros esfuerzos y estimando tiempos realistas para cada tarea. Esto último choca de manera frontal con la concepción del tiempo que tiene un activista político, concepción que es en esencia pequeñoburguesa e individualista dado que no se pliega a los intereses y necesidades de la mayoría ni a la dirección de un órgano colectivo.

En definitiva, queda mucho por aprender, pero de ese «instinto de rebelión» inmaduro del que hablaba Gramsci se inicia todo un camino que recorrer para nuestra conciencia, siendo la militancia comunista el mejor paso que puede dar un joven que se pregunte algunas cosas en su día a día. La Juventud Comunista es una escuela de cuadros donde se forjan los futuros dirigentes del Partido Comunista y, por supuesto, los futuros hombres y mujeres que construirán el socialismo.

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